¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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17 enero, 2007

EL SECRETO DEL ROBLE 3

Löne

Glorfindel tiró del tapón de la bañera, el turbio fluido escapó, dejándoles temblorosos y limpios. Con dedos hábiles comprobó la dilatación del joven y la dureza de su abdomen. A través de la piel alabastrina sintió el minúsculo bultito de vida que agonizaba. Ellohir volvió a quejarse, pero lo ignoró.

Con gestos deliberadamente lentos tomó un pomo de aceite de flores y lo derramó generosamente en sus manos.
–Ahora voy a poner lubricante en tu entrada –explicó–, puede doler un poco, pero debes estar quieto.
Empezó a masajear el anillo y aventuró sus dedos en el estrechó canal despacio pero decidido, pues el tiempo iba en su contra.
Ellohir retrajo la cadera por instinto, no estaba acostumbrado a que otro sino su hermano le tocara.
–Elladan, ¡bésale la punta de la oreja!
–¡¿Qué?! No es momento para eso.
El rubio lo miró impaciente.
–Necesito que tu hermano se relaje ¿entiendes? AHORA.
–De acuerdo, de acuerdo.

Con expresión dubitativa, el gemelo besó la sensible oreja de su amante, luego hizo un camino húmedo por el cuello. Ellohir se relajó ante las caricias y dejó de luchar contra los avances del sanador en la parte baja de su cuerpo.

Al fin, Glorfindel logró meter su muy engrasada mano dentro del joven y la movió hacia arriba y adelante. Cerca de la vejiga estaba el capullo. Palpó alrededor con sumo cuidado y descubrió que el fuerte abortivo que suministraran al joven había roto los ligamentos casi por completo. Solo la parte superior, que protegía las vías de alimentación del feto, estaba aún intacta.

Se lamentó interiormente ante la certeza de que el paso final sería muy doloroso, pero no había otra manera: los Valar no esperaban que alguien interrumpiera un embarazo masculino. Lo que ocurría con Ellohir era un Don, no una vergüenza o algo descartable. Ahora debía romper el tronco de un corte seco, los conductos se cerrarían sobre si mismo en pocos minutos y la hemorragia cesaría. Hasta dónde alcanzaba el daño era algo que solo el tiempo podría decir.

Levantó los ojos hacia los jóvenes, que le miraban en muda expectación, lo ojos marrones del menor eran especialmente suplicantes.
–¿No hay manera…?
–Haz perdido demasiada sangre pequeño. Es mejor así.
Ellohir negó con fuerza.
–No, no es mejor.
–Por favor amor –Elladan le apartó un mechón de la frente sudorosa–, tendremos otros. Muchos elfitos que te sacarán de quicio.
Era una promesa tonta, y ambos lo sabían, pero el de ojos chocolate se abrazó a las palabras con fervor.
–¿Cuándo?
–Primero hay que matar muchos orcos ¿recuerdas? Hay demasiados orcos para que sea saludable. –le besó la mejilla– Glorfindel tendrá sus propios elfitos, nos dejará cargarlos y cambiarles los pañales.
–Y cantarles canciones de cuna. –la voz de Ellohir se tornaba pastosa por el efecto combinado de la hemorragia y el relajante muscular.
–Y cantarles –asintió Elladan.

El gemelo mayor intercambió una mirada inquieta con el sanador. ¡Su hermano se debilitaba por momentos! Mediante señas, Glorfindel le indicó que pasara un brazo sobre el pecho de Ellohir y usara la otra mano para cubrir su boca.

–Perdóname Eru. –susurró antes de tirar con sus fuertes manos de guerrero para arrancar aquella pequeña vida que cabía en la palma de su mano.

Ellohir abrió los ojos de golpe y contempló asombrado a Glorfindel, como si no pudiera creer que tanto dolor anidara dentro de su cuerpo. Su alarido fue ahogado por la mano del amante, pero sus nuevas lágrimas solo las detuvo la inconciencia. El pequeño elfito dejó de luchar poco a poco y la respiración retomó su ritmo usual mientras sus ojos se vaciaban de luz.

Glorfindel aún sostenía en la mano el diminuto bebé.

Elladan acunaba el cuerpo de su pareja con ojos lejanos.

De alguna manera lo secaron y vistieron. Tal y como esperaba Glorfindel, la hemorragia se detuvo a los minutos de arrancar el capullo. Lo depositaron en la cama de Elladan y lo abrigaron, ahora Ellohir debía reposar y alimentarse. El bultito de carne quedó encima de una mesa baja, hasta que borraran las huellas más notables de la noche.

En la habitación de Ellohir había mantas y sábanas empapadas, manchas de sangre en el suelo, restos de cristal roto. Quemaron, limpiaron, y barrieron en silencio por horas. Cuando el amanecer se anunciaba, todo había desaparecido y ellos regresaron a la estancia adyacente donde les esperaba el capullo.

Elladan suspiró el ver de nuevo al ver el cadáver. Con gestos un poco ausentes fue hasta una gaveta, extrajo una media de bebé primorosamente bordada, y se acercó a la mesita.
–Esta media fue parte de nuestro ajuar de recién nacidos –explicó a Glorfindel–, la bordó la misma Celebrian.
Con gestos suaves deslizó el cuerpecito dentro de la pieza, luego la dobló sobre si misma. Exhaló un suspiro cansado.
–Creo que deberíamos nombrarla ¿cierto? –no esperó respuesta de su amigo, sino que dirigió su mirada extraviada hacia la cama donde dormía su pareja– Pero… pero voy a esperar a que él despierte.
Tomó entonces una urna pequeñita que adornaba la repisa y depositó el minúsculo sudario dentro.

Elladan estuvo callado un buen rato, una mano descansaba sobre la tapa de la urna como si pudiera dejar allí todo su dolor. Glorfindel se sentía incómodo, fue a moverse para dejarle solo, pero el leve sonido de sus pasos pareció sacar al otro de su ensimismamiento. Los ojos verde–marrón eran nuevamente lúcidos al enfocarse en él.

–Todo esto no fue espontáneo, ¿verdad?
–No me parece. –admitió el rubio.

Entonces el gemelo decidió contarle la pelea de esa tarde, las admoniciones de su padre, el reto que lanzara en medio de su furia, la misteriosa bebida en la mesa de noche. Glorfindel tuvo que concordar en las silenciosas deducciones de los jóvenes.

–Solo me preguntó –concluyó el gemelo– ¿Cómo pudo saberlo? Apenas tuvo síntomas.
–Tal vez no lo sabía –especuló el otro–, simplemente se arriesgó al suministrarle el abortivo en dos partes. Si Ellohir no hubiese estado embarazado, no habría despertado en la noche y no bebería el catalizador.
Elladan movió la cabeza, sopesando la posibilidad.
–Debes tener razón.

Los primeros ruidos de la casa llegaron a ellos. Imladris despertaba, ignorante de que la muerte había cobrado una víctima en sus predios. Glorfindel reinició el diálogo.

–¿Qué harás ahora?
La voz de Elladan fue firme.
–Esperaré a que se recupere y cabalgaremos hacia Lothorien.
El rubio asintió, era lógico que los hermanos fueran en busca de su abuela, aunque no estaba seguro de cómo tomaría la noldor tal relación.
–Ella lo sabe –dijo el joven como leyendo sus pensamientos, se esforzó por sonreír– Pocas cosas se pueden ocultar a la Dama del Bosque Dorado.

En este punto, el sanador decidió irse a su propia habitación a dormir y se despidió. Eligió un camino que le impidiera cruzarse con Elrond.

Los gemelos no fueron vistos durante tres días. Se sabía, eso si, que uno de ellos iba a las cocinas por las noches. El padre no los mandó a llamar.

Al cuarto amanecer, llegó una delegación desde el Bosque Verde: los príncipes Halladad y Legolas hacían escala en Rivendel en camino a los Puertos Grises. Elrond y su corte les recibieron con alegría, los chicos no tenían que pagar la tradicional tensión entre Erys Lasgalen e Imladris. Los invitados compartieron un desayuno formal y fueron conducidos a sus habitaciones.

Halladad era un joven bien plantado a sus 1500 años, musculoso, rubio y de ojos grises, hacía un fuerte contraste con Legolas, alto y delgado para sus 600, el principito anunciaba una belleza escalofriante y sus grandes ojos azules contemplaban la reposaba y lujosa mansión con asombro y un poco de miedo.

En el camino hacia su habitación, no despegaba los ojos del jardín, visible a la derecha de la galería. Las flores estaban abiertas aunque las montañas alrededor estaban blancas de nieve.
–Es magia. –susurró a su oído Glorfindel.
Y el príncipe de los elfos grises asintió muy serio, tratando de mantener la dignidad.

Cerca del medio día, Legolas se escurrió fuera de su habitación a curiosear por los jardines, llevaba consigo a Elfinwe y una pequeña daga –por si acaso.

Caminó por el verde cesped más que feliz. Acarició las hojas y metió su varicita entre las flores, asombrado de todo. Caminando al azar llegó a una zona de grandes árboles y brillante pasto, pero ninguna flor. Notó que esta parte del jardín estaba aislada por setos de enredaderas más altos que el resto y su curiosidad le impulsó adelante.

Casi en el centro del perímetro había un roble, dos elfos estaban inclinados ante el lado norte del gran árbol. Pudo ver entre sus raíces un agujero reciente, allí depositaron los dos elfos una cajita negra y brillante. Legolas se sintió vagamente indiscreto, pero a los seiscientos años y armado de una daga, pocas cosas te detienen.

Avanzó con pasos deliberadamente sonoros, para que ellos supieran que él llegaba. Enseguida uno giró con expresión molesta, pero su semblante se relajó al ver al elfito.
–Hola –saludó en el más exquisito quenya–, soy Legolas Thrandulion. –e hizo una leve reverencia.
–Hola –le respondieron en el mismo idioma–, soy Elladan.
–¿Tu vives aquí? –el elfo asintió– Te lo pregunto porque yo llegué por la mañana y me presentaron a todo el mundo, pero tu no estabas.
–Dormía. –declaró simplemente el mayor.
Legolas comprendió que no le diría nada más y se acercó un poco.
–Vi que guardaban una caja, ¿es un tesoro?
Le respondió el segundo elfo. Su voz le sorprendió, era triste y cansada.
–Enterramos a Löne. –dijo esto sin voltear, como si Legolas careciera de importancia.
–Löne debe haber sido muy chiquitica. –comentó inseguro, sabía reconocer el dolor.
–Pero la quisimos mucho –explicó Elladan con ojos brillantes–, por eso la trajimos a dormir al Jardín de Celebrian.

Continuará...

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