¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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27 enero, 2007

SECRETOS DE FAMILIA 2

CUANDO Y COMO

El pasillo era color verde manzana, estaba un poco iluminado y olía a limpio. Tomas se esforzó por contener los latidos desbocados de su corazón, aunque nadie pudiera oírlo, le parecía francamente vergonzoso perder el control de semejante manera. Vamos, había hecho cosas peores que mirar en un pensadero ajeno, pero nunca se lo había hecho a sus padres. No pudo seguir pensando en la ética, una figura se acercaba por la galería.

A pesar de la penumbra reconoció los brillantes ojos verdes y la revuelta cabellera negra. No era de extrañar que fuera él, al fin y al cabo era su recuerdo ¿no? Pasó a su lado con paso elástico, el que usaba para enmascarar el cansancio cuando sus reservas estaban casi agotadas. Lo siguió. Caminaron por galerías verdes y limpias por largo rato, Tomas estaba desorientado, pero Potter parecía muy seguro de su camino. Durante la persecución, el chico no dejó de reparar en el duro contraste que generaba aquel hombre, su túnica resumando sangre –¿ajena o propia?–, sus zapatos enfangados, todo el oliendo a polvo, sudor y dolor, con los asépticos pasillos de San Mungo.

A cada rato se cruzaban con medimagos y enfermeras, heridos en camillas y personas que esperaban noticias de sus seres queridos. Sin embargo, Potter no se detenía, su mirada imperiosa y decidida era suficiente para que admiradores y subordinados se guardaran las felicitaciones y agradecimientos. Por los comentarios que captaba, dedujo que hacia unas doce horas que Voldemort había muerto. La batalla había sido cruenta, pues los mortifagos desplegaron a partir de ese momento el valor de la desesperación. Potter no estaba herido, “un ángel le cuida las espaldas” susurró un viejo auror tras su paso, y el chico sonrió orgulloso. Al fin llegaron hasta una galería desierta, en lo más profundo del edificio. Varios aurores montaban guardia, a mitad de la misma, ante una puerta de color azul, un hombre de cabellos castaños muy cortos fumaba y lanzaba miradas inquietas a los lados.

–Aquí no se fuma, Pravus. –fue el saludo de Harry.

El hombre soltó el pitillo como si le quemara y levantó unos ojos negros y asustados hacia el otro. De cerca, a Tomas le pereció que tenía unos 21 años y poca paciencia.

–Al fin llegas jefe. Fred estaba preocupado por ti.
–Si, bueno, debía asegurarme de que todos estuviera en orden en el campo. –su tono se tornó inquieto– ¿Y Remus?
–Lo hirieron durante la pelea en la Malfoy Manor, Fred lo mandó a descansar.
Potter asintió despacio.
–¿Entonces Fred está a cargo?
–Si jefe, pero ha ido al baño, yo vigilo la puerta mientras él vuelve.

Pareció que diría algo más, pero un grito se filtró desde la puerta. Tomas dio un respingo, sabía que todas las habitaciones de San Mungo estaban insonorizadas. ¿Qué clase de grito podría llegar hasta ellos? Notó que su padre estaba apretaba los puños de manera especial, pero su rostro era una máscara impenetrable. Pravus rió.

–Si que la está pasando dura ese bastardo ¿no? Lo encontramos encadenado en una de su propias mazmorras, casi irreconocible, sangre por todos lados jefe, de veras. Parece que el Lord se divirtió con él antes de ir a pelear y...

El puño de Potter se clavó en la pared a escasos centímetros de su sien, Pravus calló, presa del miedo cerval que provocaban aquellos ojos inyectados de sangre. Tomas jadeó. ¿Por qué los otros aurores ni intervenían? Pravus estaba muy cerca de la muerte, muy cerca. Harry acercó su rostro peligrosamente, sus palabras fueron apenas audibles para el desconocido testigo.

–O te callas, o Fred se queda sin teniente ¿de acuerdo? –el otro asintió, tembloroso.

Harry mantuvo el contacto visual y le dejó ver un poco de horror en sus pupilas... Tomas conocía el método, aunque su padre solo le mostraba bellos recuerdos de los sitios que visitaba por su trabajo. Por suerte, una mano grande se posó en el hombro de Potter y lo hizo girar. Pravus no desperdició la ocasión y salió corriendo pasillo abajo. El otro lo miró y suspiro brevemente, se enfrentó al responsable de la escapada.

–Al fin llegas, Fred, pero me has quitado la diversión.
–No es divertido torturar aurores tan flojos Harry.
–Es divertido cortar lenguas. – y cambió de tema bruscamente– ¿Cómo fue todo?
–Todo como lo planeamos excepto...
–Ya Pravus me contó –cortó Harry, pero Tomas notó que lo hacía para ahorrar al tío Fred la incomodidad.
–Lo trajimos a toda velocidad, tiene bastante fiebre, delira, los medimagos dicen que está vivo por tozudo.

El hombre asintió y se dedicó a mover los pies, nervioso. Tomas también conocía ese gesto, así estaba cuando esperaba que el Sombrero Seleccionador decidía a qué casa enviarlo. Deseó abrazarlo, decirle que todo saldría bien, pero era inútil, por supuesto. Era imprescindible que su padre sufriera, apretara los puños y moviera los pies, maldijera una y mil veces a Voldemort y todos sus antepasados. Fred lo miraba en silencio, con expresión solidaria y agotada. Pasaron así varios minutos, Potter en confusas murmuraciones, Fred en fraterno silencio. Tomas se impacientaba ya, pero la puerta se abrió y un agotado medimago se dirigió a ellos. El hombre tenía círculos negros bajo los ojos y la varita le pendía de una mano laxa, casi muerta, ni siquiera había desvanecido la sangre que la manchaba la túnica. Pareció reaccionar a medias al reconocer al ojiverde.

–¿Señor Potter? –su intento por cuadrarse falló.
–Deje los formalismos –respondió Harry con un gesto, él también falló en ocultar su ansiedad– ¿Cómo está?

El mago habló despacio y con seguridad. Tomas tuvo la impresión de que ese sanador –cuarenta años, pelo ya gris y ojos empañados de sueño– leía muy bien en el corazón de su padre y, por eso mismo, no se molestaba en que le miraran mientras hablaba.

–Estable, y eso es un logro, considerando cómo lo trajeron. Tenía varias costillas rotas; los músculos de brazos y espalda dañados por permanecer esposado a la pared; deshidratación severa, por lo menos lleva tres días sin agua; numerosas heridas superficiales, de latigazos y garras, por las que perdió sangre y ganó infecciones. Lo peor es el agotamiento general, orgánico y mágico. Supongo que pugnó por mantenerse conciente mientras lo torturaban y luego uso conjuros sencillos para retrasar el daño, confiando en vuestra ayuda, pero ustedes –y no crea que lo culpo– se demoraron bastante en dar con Malfoy. Ya le dije al señor Weasley que está vivo de pura tozudez.

Harry asintió, sus ojos vagaron por las paredes a su alrededor, como buscando algo. Tomas lo miraba asombrado. ¡Se suponía que el controlado era Draco! Su estómago estaba a punto de colapsar ante tal lista de heridas y él... El medimago mantuvo sus ojos clavados en el hombre, al cabo, Potter levantó los ojos y suspiró audiblemente.

–Ahora dígame lo peor.
El chico tragó en seco. ¿Lo peor? El medimago tomó aire y continuó, pero esta vez evitaba de manera manifiesta cruzar miradas con el otro.
–Lo violaron, repetidas veces, sus genitales y su ano están destrozados. Hemos aislado semen de, por lo menos, cinco personas, el último ataque fue hace cuatro días.
–Cuatro días... –repitió su padre– estuvieron con él hasta que la batalla se puso dura de veras. Eso significa que eran de la plana mayor. –el rojo de sus ojos se acentuó– Pero no habrá daños permanentes ¿verdad?
–Bueno... Si y no –parecía temeroso de la reacción que iba a provocar– En cuanto a las lesiones, creemos que se recuperará. Es un hombre joven y sano, su magia es débil ahora, pero en cuanto descanse volverá a protegerle. Del daño psicológico es más difícil hablar, solo el tiempo dirá. Debe recibir mucho apoyo ahora, señor Potter, mucho. Usted debe recordar que estuvo indefenso y solo, su autoestima ha sufrido grandes golpes en estas semanas. Para el señor Malfoy, es imprescindible el apoyo incondicional de ustedes de ahora en lo adelante.
–¡Pero deje ya de dorarme la píldora, hombre! –estalló el otro– ¿Se cree que soy una bestia? Jamás le recordaré a Malfoy lo de esta semana, si él quiere olvidar, por mi perfecto. ¡Perfecto para todos! ¿Verdad Fred? –el pelirrojo asintió enérgicamente– Si usted cree que es mejor, le aplico obliviate a cada mago y bruja involucrado en el asunto.
–No bastará con eso señor Potter, trato de decirle que... –el hombre tomó aire, no parecía saber qué palabras usar– Como estábamos advertidos de que Malfoy llegaría en muy malas condiciones, aplicamos antes que todo un hechizo de diagnóstico general, para evitar agravar alguna herida mágica durante las curas primarias. Se le reveló un complicado encantamiento en el bajo vientre, eso es lo que ha hecho descender sus niveles de magia hasta el punto de colapso: protege un feto de casi tres semanas. Malfoy está vivo por eso: por tozudo y porque está embarazado.

Las luces perdieron intensidad bruscamente, Potter retrocedió como golpeado por una fuerza terrible. Trastavilló hasta que su espalda se apoyó en la pared y empezó a caer a lo largo de la misma. El control que demostrara hasta el momento se evaporó por ensalmo. Para Tomas era imposible ahora escuchar a los otros dos hombres: estaba forzado a percibir el entorno como su padre y este tenía los ojos nublados, el cuerpo recorrido por violentos espasmos. Volteó hacia el medimago y Fred Weasley, cuyos movimientos ralentizados denotaban preocupación, Fred se inclinó ante Harry y le sacudió levemente. Al no obtener respuesta, apuntó la varita a su sien.

¡No! Si le aplicaba un desmanius él sería expulsado del pensadero. Maldijo de nuevo su imposibilidad de interactuar dentro de esta visión. Por suerte, la varita cerca de su rostro hizo reaccionar al hombre. Las luces volvieron a su grado normal y las personas a moverse usualmente. Las verdes pupilas se aclararon con visible esfuerzo.

–Estoy bien. –afirmó, pero Fred le miró desconfiado– ¡Te digo que estoy bien! –le apartó para ponerse en pie y se enfrentó al medimago, su tono fue amenazante– Ni una palabra de esto a nadie. ¿Entiende? Advierta a su personal que no habrá visitas a esta galería, no se emitirán informes para la dirección del hospital, nadie enviará cartas a parientes, ni escribirá en sus diarios hasta que el Ministerio decida cómo manejar el estado del señor Malfoy. Puede informarles, también, que me encargaré personalmente de desgraciar la vida del infeliz que deje filtrar algo y sabrán cómo logré matar a Lord Voldemort. –el hombre solo atinó a mover la cabeza en gesto de aceptación, demasiado intimidado por los violentos cambios de Potter como para argumentar– Perfecto. –se dirigió al pelirrojo– Vamos Fred.

Los hombres echaron a andar pasillo abajo, dejando al pasmado sanador con una clara expresión de asombro. Harry aún le soltó una advertencia por encima del hombro.

–Y procure que el bebé sobreviva.

Continuará...

SECRETOS DE FAMILIA 1

RAZONES

1


Como cada mañana, Tomas despertó con el sonido de su padre en las escaleras. Los pasos tenían una separación regular porque su padre estaba calmado, no había ninguna reunión inesperada, ni llamadas desde el ministerio. Los escalones crujían suavemente, como si cantaran. Tomas se movió un poco y pensó que lo único que realmente extrañaba del hogar eran esos pasos marcando el comienzo de su día.

En su escuela la comida era mejor, más variada y rápida. Estaba seguro de la hora para acostarse y la de despertar. Podía hacerse una idea de lo que ocurriría al día siguiente. Ninguna de esas cosas era posible en su hogar, cálido, pero desbordante de parientes, funcionarios, visitantes y objetos de origen desconocido que no se pueden tocar, aunque estén en medio de la mesa del comedor. En casa de Tomas, o al menos para él, lo único seguro era que su padre haría crujir los escalones al subir a despertarlo.

La puerta se abrió sin ruido y una revuelta cabellera negra apareció en la habitación. Tomas se quedó quieto, simulando un sueño ligero. Deseaba sentirle cerca, que le tocara el hombro o la cabeza para desperezarlo. Era solo una representación, ambos lo sabían, pero jugaban ese juego desde hacía años. Era un buen indicador acerca del humor con que había amanecido y la agenda que le esperaba.

–¿Estás despierto? –dio un par de pasos hasta el lecho y fijó sus brillantes ojos verdes en las cobijas revueltas, suspiró–. Sé que estás despierto. Anda, levántate mi niño, el desayuno está casi listo.

Como si de una señal se tratara, Tomas se sentó en el lecho, su padre le dio un beso leve y empezó a vestirlo. El chico se dejaba poner las ropas mientras escudriñaba el rostro paterno.

–No dormiste mucho ¿verdad? –levantó un brazo para pasar la camiseta.
–No, me faltaban tres informes por leer. –alcanzó la faja y se la empezó a ajustar.
–¿Tu secretaria no debió darle prisa a los de cada departamento? –expulsó el aire para que las cintas alcanzaran la medida justa.
–Los informes se remitieron desde diversos países –fue hasta el armario y tomó un conjunto de camisa y pantalón azul marino–, mi secretaria no podía meterles prisa.
–Pues es una lástima –se apoyó en los codos para poder alzar las caderas–, ahora mi papá tiene ojeras el día de su cumpleaños.
–Eso se arregla con un poco de glamour –le cerró el pantalón con un giro de muñecas–, lo que me fastidia es tener que pasar el día rodeado de gente.
–Entiendo –el chico se abotonó la camisa mientras el hombre le ponía las medias–, pero no me parece que hagas demasiado por cambiarlo.
Su padre lo miró sorprendido por tal agudeza, meditó su respuesta un poco.
–Supongo que no quiero herirlos, la mayoría de los que vienen se sienten en deuda, creen que les salvé la vida y todas esas cosas. –rehuyó la mirada del chico para anudar los cordones de sus zapatos.
Tomas se estiró hasta la silla al lado de su cama y tomó la túnica negra que usaba para estar en casa. En cuanto se la hubo puesto su padre le arregló un poco su negra y lacia cabellera.
–¿Listo para el desayuno? –Tomas asintió, el hombre lo alzó y transportó a la silla de ruedas que hacía guardia junto a la cama, luego avanzó hasta la puerta y la mantuvo abierta para que el chico pasara.

Salieron al segundo descanso de unas largas escaleras. Desde allí se podía sentir la carrera de varias personas desde el piso superior a por la comida, el repiquetear del fuego y el choque de los cuchillos en la cocina, un nivel más abajo. Tomas y su padre se miraron, gris pálido frente a verde esmeralda, sonrieron con complicidad y se acercaron a los escalones. Entonces el mayor sacó de su bolsillo una varita de madera, apuntó a la silla y susurró:

–Wuingardiun leviosa.

La silla, y Tomas con ella, se elevó varios centímetros en el aire, luego empezó a descender las escaleras, guiada por el hombre, hasta que llegaron al recibidor, el padre susurró entonces:

–Finite incantarem. –las ruedas volvieron a tocar el suelo.

Tomas manipuló su plataforma para acercarse a la cocina, se detuvo, volteó hacia su padre y lo miró con intensidad. El hombre estaba seguro de que deseaba preguntar algo y se agachó para quedar a su altura. Pero justo entonces un par de personas rubias e idénticas desembocaron por las escaleras con gritos y risas.

–¡El que llegue primero a la cocina tendrá doble chocolate!

El instante estaba roto, el chico hizo girar su sillita y llegó por amplio margen a la cocina delante de sus hermanos Joshua y Louis.

2

La cocina era cálida, estaba animada por el olor de la leche, el café, el chocolate, el pan y miles de cosas más. En la meseta, un hombre rubio, de pelo casi blanco, troceaba frutas con rapidez hipnotizante. No levantó la vista cuando Tomas entró, seguido de su padre y de los gemelos.

–Al fin aparecen –dijo por todo saludo. Hizo levitar varios tazones hasta la mesa ubicada en un lateral de la cocina.

Los gemelos intentaron tomar una rebanada de pan cuando la fuente les pasaba por el lado, pero una sola mirada de los fríos y grises ojos del cocinero les detuvo.

–Al menos hoy, compórtense. ¿Ya felicitaron a papá por su cumpleaños?

Joshua haló el pelo de su gemelo y le reprendió.

–¡Te dije que era hoy, tonto!
–¡Eso dolió! Tú dijiste que era ayer.
–¡No es cierto! Dije que era hoy, antes de dormirnos.
–Entonces fue ayer.
–No. Porque nos dormimos a las 12:30, o sea, hoy.
–Cállense los dos y feliciten a papá de una vez. –exigió Tomas ya fuera de sus casillas.

Se dirigió a su lugar en la mesa sin mirarles, pero sentía sobre su espalda el peso de la mirada de los dos adultos. Los gemelos suspendieron su falsa pelea, besaron al cumpleañero y tomaron asiento. El desayuno transcurrió con un silencio inusual, Joshua y Louis echaban miradas temerosas a su hermano y comían aprisa, los adultos repartían alimentos y conversaban con la mirada, Tomas trató de concentrarse en su chocolate y sus tostadas. Estaba un poco avergonzado por su exabrupto, pero concluyó que no venía nada mal un poco de silencio en la mesa.

Al cabo de media hora, los niños dejaron la cocina: los gemelos al jardín y Tomas a la biblioteca. Los padres quedaron solos, sus semblantes llenos de preocupación. El de pelo negro empezó a recoger los platos y con un suspiro los sumergió en el fregadero.

–Qué carácter ¿no? –comentó el rubio con falso desinterés en la voz.
–Si –admitió el otro.
–A veces me pregunto si, estando en la escuela…
–Imposible –le interrumpió el otro–, nos habrían avisado.
–¿Tu me vas a decir que todo lo que ocurre en la escuela lo saben los profesores? –el sarcasmo en su voz era evidente.
–Quiero creerlo. –hubo unos minutos de pesado silencio– También quiero que te acerques a Tomas, pronto va a preguntar por qué no lo tocas ni para el “buenos días”.
–Es… –el rubio se quedó dudando, en busca de un término que nunca llegó. Dejó caer la cabeza– Tengo miedo.
El de ojos verdes dejó la loza y volteó.
–¿¡Miedo!?
–Si Harry, miedo. Hasta hace poco podía controlarlo, pero desde que regresó de la escuela… ¡Es idéntico! Este curso solo sirvió para que aumentaran su parecido, de mi solo le quedan el color de los ojos y esa manera de levantar la ceja que tanto te gusta.
Harry se acercó al rubio y lo abrazó por atrás, el otro dejó caer la cabeza y la apoyó en el hombro.
–Draco –trató de razonar Harry–, tan solo es un chico de diez y seis años con mal humor matutino.
–Lo se. –dijo bajito el rubio.
–Sus reacciones y gustos son responsabilidad tuya y mía. Tú y yo somos sus padres –recalcó.
Draco solo asintió una vez más y le sonrió.
–No deseaba estropearte el cumpleaños, amor. –pero el ojiverde hizo un gesto para restarle importancia al asunto.
–Ustedes no pueden estropearme nada. ¡Fregado me tiene el Ministerio con esa maldita fiesta protocolar! –y fingió apartar algo muy terrible de si.
El rubio recuperó el aplomo ante su teatral gesto y se burló
–Claro, porque a ti te molestan todos esos carísimos regalos.
–Yo me gané mi regalo hace rato ¡tonto! Consiste en un dragón maravilloso, y tres hijos: un Raveclaw, un Slythering y un Gryffindor.
–De acuerdo, ahora vete a trabajar para poder alimentar a tus maravillosos y hambrientos hijos. ¡Es increíble cómo comen los adolescentes!

Harry le dio un beso leve en los labios y se fue a la chimenea del salón, tomó al paso una carpeta con diversos pergaminos y un puñado de polvos flu.

–¡Ministerio de Magia! –fue lo último que escuchó su esposo.

3

Tomas deshizo su hechizo espía, dejó caer los brazos y cerró los ojos. Las lágrimas corrieron libremente por su rostro, no hubo más sonido en la biblioteca que su trabajosa respiración. Diez minutos después se limpió los ojos y se irguió de nuevo. Empezó a buscar por la biblioteca la última clave del misterio que lo atormentaba desde hacía diez años.

Desde que entrara a la escuela primaria, Tomas descubrió que no era un niño normal. No se trataba de que sus padres fueran ambos hombres, ni de que uno fuera Ministro de Magia y el otro un aristócrata de interminable abolengo. Era él, era su cuerpo. Aunque en la familia nadie lo comentara, el espacio público era otra cosa. Los niños son sinceros y curiosos, en especial cuando ven por primera vez una silla de ruedas.

Cuando le preguntaron, él explicó lo que le habían contado: papá Draco había enfermado cuando estaba embarazado y las piernas de Tomas no se formaron bien. Pero una interminable cadena de porqués surgió ante sus ojos, porqués que ni siquiera hubiese imaginado. Intentó evacuar dudas con sus padres, pero salieron a colación temas extraños como guerra, tortura y embarazo de alto riesgo. Todo era tan chocante que prefirió guardarse aquellos datos y no dar más explicaciones en el aula. Eso no significaba, por supuesto, olvidar esas vagas definiciones, renunciar a profundizar por su cuenta en todo lo dicho, o borrar de sí las miradas de dolor que se le escapaban a su padre rubio mientras papá Harry le explicaba el asunto del hospital y las semanas de inconsciencia.

Con los años, Tomas reconstruyó poco a poco el violento escenario de su concepción y descubrió extrañas incoherencias en su historia, la historia que estaba escrita en libros y periódicos, la historia de la caída del Señor Oscuro.

Para empezar, si papá Harry estaba al mando de la Orden del Fénix y papá Draco infiltrado entre los mortifagos. ¿Cuándo se había embarazado su padre?

Luego, Draco había sido delatado en su papel de espía por la traidora Ginny Weasley, torturado y abandonado en las mazmorras de su propia mansión por varios días, hasta que un grupo de aurores al mando de Remus Lupin lo rescatara. ¿Cuántos embarazos resisten esos traumatismos?

Al ser llevado a San Mungo, Draco había sido estabilizado de manera más o menos rápida, pero no aceptó las visitas de Potter hasta una semana después, todos los intentos anteriores para verle fueron impedidos por un Malfoy histérico, que no dudo en lanzar objetos o atentar contra su vida.

Por último, los gemelos habían surgido de manera espontánea en el cuerpo de Potter, como un milagro de la magia. Los medimagos habían explicado que era lógico, teniendo en cuenta el gran poder de El Salvador y la sangre veela de los Malfoy. Entonces, ¿por qué Tomas había nacido de Draco?

Por supuesto, casi ninguno de esos datos era de dominio público, pero Tomas había sido paciente y jugado bien sus cartas. Como hijo del Ministro, eran pocas las puertas que se le cerraban, como heredero de una cuantiosa fortuna, podía invertir bastante en sus investigaciones y entrevistas. Apenas en enero, tras ocho años de pesquisas, la atroz verdad tomó forma ante sus ojos y le resultó tan clara que tuvo que reírse de sí mismo y de toda la comunidad mágica. Él: primogénito de Harry Potter “El chico que vivió” y Draco Malfoy “El más bello y rico del planeta”, heredero de una gran fortuna en bienes y oro, mejor expediente de Howgarts desde 1789, en resumen, el tullido Tomas Potter, era un bastardo.

Y no un bastardo común, sino el producto de una refinada venganza proyectada en el seno del movimiento mortifago contra sus padres. La idea surgía con tan solo un poco de psicología –pensaba con amargura mientras registraba los estantes de la biblioteca– con fijarse en la dificultad eterna del rubio para interactuar con él y su manía de mirarlo insistentemente, con el miedo agazapado en el fondo de los ojos. La conversación de la cocina, que espiara lleno de remordimientos y curiosidad, le había dejado claro, además, que ese hombre –¿su padre?– era poseedor de una personalidad arrolladora, de modo que tras diez y seis años Draco aún le temía a su imagen, aunque fuera, en realidad, la imagen de su hijo.

Pero a Tomas no le bastaba con eso, él deseaba saber su nombre, darle una forma al fantasma que visitaba su hogar a través suyo y destruirlo, arrancarlo de la memoria de sus padres, darse la oportunidad de ser distinto. Por eso ahora buscaba el pensadero de Potter, seguro de que los recuerdos relativos a su nacimiento le revelarían el secreto.

Halló la alta copa oculta tras unos libros falsos con la contraseña de siempre “Travesura realizada”. Puso el objeto en su mesa de estudios y respiró. No dudó un instante en meterse: hacía tiempo que no guardaba rencor a sus padres por haberle ocultado la información, tampoco mantenía reservas éticas en su búsqueda. Hasta donde sabía, el mecanismo le llevaría al recuerdo deseado si mantenía clara en su mente la fecha. De entrar sin guía, llegaría al peor recuerdo allí almacenado y no deseaba encontrarse con Voldemort, los tíos muggles de Harry o la muerte de Sirius. Confiando en sus fuerzas, se inclinó y dejó a sus ojos vagar en la siempre fluyente materia gris.


Continuará...

¿PARA QUE QUIERO MÁS? 1

Le trajo el temporal

Llovía. Llovía tanto que habían abierto las compuertas de la represa, río arriba, y cerrado puertas y ventanas en la casa. Ya nadie tenía sed, ni ganas de bañarse, ni sueño, ni deseos de cantar, recitar poemas o leer historias.

Elrond estaba dibujando a Erestor en traje de guerra.

Glorfidel transcribía un acta del más reciente Consejo bajo la irritada mirada de su secretario, ahora sin ocupación ni ansias de volver donde su esposa.

Estel y Elrohir jugaban su séptima partida de ajedrez consecutiva.

Elladan estaba fuera, de guardia en la entrada oriental del valle. Compartía con los soldados un alcohol pendenciero y un juego de dados. A ratos, miraba por la ventana, deseando que las nubes dejaran ver, al menos, las montañas siempre nevadas que rodeaban su hogar.

–Anar se marcha –comentó un soldado, y los otros asintieron.
–Con este tiempo –rezongó el gemelo sin dejar de sacudir su cubilete–, más le valdría a la bella Arien quedarse en su lecho de conchas y espuma.

Nadie respondió el amargado comentario. Se notaba que el príncipe deseaba descargar su irritación, pero ninguno de los elfos tenía ganas de seguirle el juego. El temporal se había llevado corriente abajo las energías de todos, en la misma medida que parecía estar calentando la sangre de Elladan. Que los Valar se ocuparan de enviarle una buena refriega, si es que la densa lluvia y el estruendo de los rayos no ocupaban toda su augusta agenda.

Con demasiada energía par tan poca cosa, Elladan empujó dados y cubilete hacia el capitán. Apoyó las manos en la mesa y arqueó la espalda, en vano intento por desentumecerse: no podía sacar el frío de su interior. Hastiado, cerró los ojos y se concentró en el fragor de la borrasca.

Entonces lo oyó.

Elladan se levantó de un salto y consultó con los ojos al resto de sus compañeros. Si, ellos también podían sentirlo y una fiera alegría devolvía el brillo a sus aburridos ojos. Eran elfos, podían sentir el amanecer, el mediodía y el crepúsculo, podían sentir las mareas y la llegada de la primavera, podían sentir la marcha de cinco personas que remontaban el paso, directo hacia la entrada del valle.

El hijo de Elrond tomó sus armas y salió, el capitán Amras le seguía los pasos. Elladan escaló despacio la atalaya y se asomó a un costado del estrecho sendero, prácticamente invisible aun con buen tiempo. Observó atónito a los viajeros que llegaban y contuvo –con tremendo esfuerzo– las ganas de saltar y gritar por encima del canto bélico de los elementos.

Con forzada calma hizo señas al viejo Amras para informarle. El estupor dejó sin palabras a toda la guardia. ¿Cinco elfos grises?

En lo que se apresuraban a abrir las puertas, deducciones más o menos similares ocupaban las mentes de todos. Eso solo podía significar un origen: los Puertos Grises, y un destino: Mirkwood. Si alguna duda quedaba para ellos sobre de la fuerza y extensión del vendaval, el desvío de estos eldars hacia el valle la barría. Varios soldados sonreían abiertamente, pero Amras notó que Elladan no se apresuraba a bajar y apretó los labios. Bien sabía él que la amargura del muchacho en nada se relacionaba con el clima y esta visita podía hacer dispararse el arco largamente tenso.

El elfo dejó esas lúgubres ideas a un lado y se concentró en parecer lo menos desaliñado posible ante los visitantes, cuyas siluetas ya se dibujaban. La alta cancela estaba despejada y los guerreros que no estaban ocupados en mantener el mecanismo bajo control se desplegaron en apretada fila a los lados del camino. Amras se plantó en medio de la senda, con la punta de su espada enterrada en el fango –señal de que los visitantes eran bienvenidos–,seguro de que Elladan permanecería oculto un buen rato.

Como era de esperar con tan desastroso clima, los sindas venían a pie. Cada uno conducía su cabalgadura con una soga. Llevaban pesadas capas de viaje que lucían negras con la escasa luz y la abundante lluvia, pero todos los de Rivendel supieron que el agua había calado más allá, hasta las apretadas camisas y los duros pantalones de viaje. Uno de ellos se adelantó.

–Mae govaenon, Amras.
El capitán parpadeó, confundido: esa era la última voz que esperaba escuchar. No pudo evitar que su voz trasluciera el asombro que se apoderó de su ser.
–¿Príncipe?
Una risa escapó desde la capucha, una risa cristalina, inocente, fresca, inconfundible.

A sus espaldas, Amras escuchó los presurosos pasos de Elladan que bajaba de la atalaya, estiraba sus arrugadas ropas, acomodaba las trenzas pegoteadas de lluvia y tierra y ocupaba el lugar a su lado resoplando muy fuerte, en un vano intento de ocultar su emoción.

Sin valor para confesarse ni a si mismo tanta felicidad, el joven noldor se inclinó ante el recién llegado.
–Mae govaenon, Príncipe Legolas.
–Mae govaenon, Príncipe Elladan. Pedimos a su gracia permiso para pernoctar en la Última Morada, pues los Valar han dispuesto que los caminos de la montaña sean impracticables.
–Nada da más placer a los habitantes de este valle que dar socorro al necesitado, excepto, quizá, la llegada del amado desde lejanas tierras.

Con estas palabras autorizó Elladan el paso franco al príncipe de los elfos grises y su pequeña escolta. Para diversión de Amras y varios elfos de la guarnición, el joven empezó a caminar junto a los visitantes sin una palabra, demasiado turbado como para recordar el oro que ganara a los dados, o su capa. Esos y otros objetos abandonados en la garita. El capitán hizo una seña a uno de sus hombres.

–Dervorin, toma las cosas del chico y ve por el camino corto hasta la casa. Avisa al Lord Elrond que prepare habitaciones y baños calientes.

El elfo asintió y salió corriendo. Amras no prestó más atención a los que se alejaban a través de los jardines y se puso a dirigir el cierre de la puerta. Rogó porque la tormenta durara muchas jornadas más.

Elladan y Legolas caminaron en silencio hacia el edificio principal. A veces, el sinda trastabillada y casi perdía el equilibrio. Se iba de lado y el brazo del noldor le servía de apoyo. Al notar quién era su sostén, Legolas se apartaba con premura, como avergonzado, pero no tardaba en sentir los efectos de la larga jornada y tambalearse de peligrosa manera. Lo cierto era que él y sus acompañantes estaban extenuados.

En la puerta de la casa, Lord Elrond de Rivendel esperaba. La noticia de los inesperados visitantes se había extendido como fuego en paja seca y muchos que nada tenían que ver con recibir delegaciones merodeaban por las galerías aledañas. Elrond no podía negarles el placer de romper la monótona temporada.

Sus agudos ojos reconocieron enseguida las señales en la pareja que se acercaba al frente de la breve compañía. Legolas estaba al límite de sus fuerzas, sin dudas había luchado contra el temporal en el paso sur antes de decidirse a bajar hasta Imladris. Elladan, por su parte... El señor intercambió miradas con sus consejeros: la ceja alzada de Erestor y la casi invisible sonrisa de Glorfindel confirmaron sus sospechas. La hiel le subió a los labios al recordar una palabra dada mucho tiempo atrás.

–Somos prisioneros de Vairë –murmuró para sí mismo.

La recepción fue rápida y amable. Cosa que agradecieron los sindas: no estaban para largos protocolos, ni elegantes narraciones que justificaran su viaje. Con el pretexto de no cansarles más, Erestor propuso que los visitantes fueran llevados en literas a sus habitaciones y se ganó una mirada apreciativa de la jefa de los pulidores de suelos.

TBC...

17 enero, 2007

UN HOGAR CASI FELIZ único

El hombre conducía despacio a través del pueblo, sin fijarse en las miradas curiosas de los paisanos. Salió al campo abierto y volteó sus ojos hacia fuera, recreándose en la compacta capa de nieve que ocultaba las irregularidades, mientras llegaba al vetusto edificio del tardío barroco que se alzaba cerca del poblado. Al doblar desde la carretera hacia la amplia calzada que lo conducía a la entrada principal, sintió un leve cosquilleo. A menos de veinte metros de la puerta principal, las gárgolas lanzaron frente a él en un estallido de luz. Fue solo un instante, pero sus entrenados sentidos de buscador descubrieron, incluso, la leve sonrisa de los guardianes al reconocerle.

Detuvo el motor a unos diez metros y caminó, alargando el placer de sentir cómo la casa lo reconocía y abrazaba. Aquella era en su casa, el hogar amplio y poblado que añoraba desde que tenía uso de razón. Levantó los ojos para contemplar la alucinante fachada, y se dejó llevar por los recuerdos: Snape Castle era una de las mejores adquisiciones de su vida, estaba seguro de ello.

Había dado con el inmueble siete años antes, en un viaje de investigación. El objetivo era asesorar la restauración de una mansión destruida por los mortifagos casi hasta los cimientos. Nada declarado, por supuesto. Para los del pueblo un incendio había destruido la antigua casa de los McNair y el terreno había pasado a una institución estatal. Desde Londres mandarían un arquitecto especialista en caserones antiguos, quien evaluaría los daños para presupuestar las obras. Así había llegado aquel joven de negra cabellera revuelta y brillantes ojos verdes a la soñolienta ciudad de Luthen Hill, donde -en pleno año 2000- las chicas regresaban a casa a las doce de la noche, todos bebían cerveza negra y detestaban a Freddy Mercury.

Los de Luthen Hill no carecían de curiosidad, así que las cortinas se levantaron en todas las casas cuando el ferrari azul atravesó la ciudad a exceso de velocidad para detenerse en el centro de la plaza. El auto frenó con un chirrido y las muchachas que entraban a la clase de catecismo voltearon sin pudor. Ciertamente, todos esperaban a un hombre entrado en años, un estudioso de la historia nacional que comprendiera los valores de la pequeña comunidad, pero, para que las jóvenes tuvieran algo que confesar ese domingo, descendió un chico de unos veinte años, vestido con vaqueros y camisa blanca.

El joven tomó su portafolio del asiento lateral y subió la breve escalinata. Ya estaba en la entrada el alcalde, listo para la parrafada acerca de la antigüedad y honorabilidad de Luthen Hill, franqueado por el párroco y el hombre más rico de la ciudad. Sonrieron amablemente y se inclinaron un poco.

-¿El señor Potter?
-Si, el casi arquitecto Harry Potter. -extendió la mano hacia el hombre regordete y de pequeños ojos azules- ¿Supongo que es usted la autoridad?
-En efecto soy Beckan, el alcalde. Estos son monseñor Laurel -señaló al sacerdote enjuto y de escaso cabello castaño- y el señor Saunders, dueño de la fábrica de botellas de agua mineral.
-Un placer. -dijo Potter simplemente y el señor Beckan se quedó sin pie donde introducir su discursito. Para salir del paso lo invitó a pasar en busca de su despacho y, mientras recorrían los pasillos, le observó.

Había algo de Potter que no le gustaba. Tal vez fuera la seguridad con que se comportaba, o su manera de moverse: suave y fluida, acaso, simplemente su belleza demasiado llamativa. Harry Potter le parecía un modelo de revista y no un arquitecto patrimonial.

La sensación de desagrado se acentuó cuando, ya sentados en el despacho, pudo ver las delgadas manos y pulidas uñas. El alcalde y el párroco intercambiaron una mirada para confrontar opiniones y, como tantas otras veces, coincidieron.

-Y bien, señor Potter. -comenzó de nuevo el alcalde- Debo confesar que de Londres no nos dieron muchos detalles acerca de su trabajo. Hemos preparado una habitación para usted en el hotel del pueblo, pero ignoramos cuánto se quedará.
-Yo tampoco lo sé, comprenda que son varias tareas. Debo subir hasta McNair Manor y ver en que estado quedó el edificio, hace ya tres años del incendio ¿no?
-En efecto. -apuntó el sacerdote.
-Y también debo chequear los archivos de la ciudad para recopilar datos sobre el edificio que me permitan valorar los pasos y costos para la restauración.
-Por supuesto. -convino el dueño de las botellas.
-Y, finalmente, consultar a los vecinos acerca de lo que significaba el inmueble para ustedes.
-Muy recomendable consultar a la gente. -apoyó Beckan.
-Y solo entonces... -el sonido de un timbre bajo y agudo les interrumpió- Disculpen. -se levantó, fue hasta la ventana del despacho y extrajo de su vaquero un diminuto celular, los otros tres le escrutaron curiosos. -Habla Potter... -su rostro se relajó de inmediato- Hola, amor... Si, todo bien... -apoyó la frente en el cristal de la ventana y se rascó la cabeza con la mano libre- Pues, pequeño y victoriano... -soltó una risa breve, los anfitriones se miraron un tanto extrañados- No, aun no subo a la casa, llamaste en medio de la reunión con las autoridades... ¡Claro que me reciben!... Porque soy muuuuy bonito, por eso... -el de las botellas soltó una carcajada profunda ante tal desfachatez, pero el joven no se inmutó- ¿Y los niños? -el párroco suavizó su mirada- No, no, los llamó cuando me instale... Hay un hotel, me dijeron, espero con ansias ver a las camareras... -Beckan y Saunders intercambiaron miradas cómplices- De acuerdo, de acuerdo: ¡Alerta permanente!... Ahora un beso. -cerró el teléfono y se regresó a sentarse con los otros. -Espero me disculpen, pero la familia...
-No hay problema -aseguró monseñor Laurel- la familia va por delante de casi todo. ¿Mencionó a unos niños?
-Gemelos en realidad: James y Joshua, un par de pillos.
El sacerdote le dirigió una mirada amable que pareció incomodar a Potter, el joven carraspeó e intentó retomar la conversación.
-Hablábamos del tiempo estimado ¿no Beckan? Pienso que unas cuatro semanas bastarán.
-¿Y pasará todo ese tiempo lejos de su esposa e hijos? -inquirió Laurel.
Potter le dirigió una mirada fría.
-Volveré los fines de semana a Londres.
-Pero su esposa y sus hijos podrían venir a Luther Hill, el aire del campo es muy saludable.
Ahora Potter miró al viejo con manifiesto fastidio.
-¿Puedo preguntar a qué tanto interés por ellos?
Pero el hombre ladeo un poco la cabeza y habló despacio, mirando intensamente al arquitecto.
-No se ofenda señor Potter. ¿Sabe? Este es un pueblo chico, donde los jóvenes son, a menudo, presas fáciles de la propaganda decadente y anticristiana que los medios exponen, en nombre de la libertad. Es poco frecuente que recibamos visitas y, si esa visita es una familia próspera como la suya, eso actúa como ejemplo para nuestros chicos y chicas. ¿Me entiende? No se trata de que venga a la iglesia con nosotros, porque ya me doy cuenta de que no suele ir usted. Sino de que los habitantes vean una pareja amante, como se nota que es la suya, y sus hijos. Que vean que en la gran ciudad y el poblado rural, el proyecto de Dios es el mismo.
El joven arquitecto dirigió una mirada larga y asombrada al párroco de Luther Hill, pero no dijo una palabra, sino que se volvió hacia el alcalde.
-Me gustaría ir al hotel, conduje durante cinco horas, estoy cansado.
-Por supuesto. -se apresuró el rechoncho personaje.

Los siguientes días transcurrieron en relativa calma. Potter se levantaba temprano y marchaba a pie hasta McNair Manor, se pasaba el día en la colina, tomando notas, haciendo dibujos y fotografías con una cámara de antiguo modelo. Aunque varios paisanos trataron de abordarle en el camino, siempre se las arreglaba para decir poco de sí mismo y despedir a los intrusos. Nunca fue descortés, excepto una vez, al final de la primera semana. Cuando el párroco se acercó a su banca en el bar del hotel, mientras el arquitecto tomaba un jugo.

-Señor Potter, ¿puedo sentarme a su lado?
El joven no demostró placer ante la presencia del viejo, pero hizo un gesto ambiguo con la cabeza, que Laurel prefirió interpretar a su favor.
-Me han dicho que no pierde usted el tiempo, trabaja mucho en la colina.
-Me pagan cuando entregue el informe, no antes. Ya ve usted que tengo mis razones.
-Sin duda, sin duda. ¿Entonces acabará todo en el plazo fijado?
-A menos que ocurra algo inesperado...
-¡Oh! Entonces tardará usted. En esa colina siempre ocurre algo inesperado a la gente... “común”.
El joven mantuvo sus ojos fijos en la negra y pulida madera de la barra.
-Temo que no le entiendo.
-Verá usted, McNair Manor ha estado ahí desde siempre, se puede decir que era el edificio más antiguo del pueblo, pero sus habitantes nunca se mezclaron con los de Luther Hill. Cualquiera con buenos ojos podía verlos: ellos estaban ahí, creciendo, jugando, envejeciendo y, eventualmente, muriendo, pero jamás bajaron a la iglesia o siquiera para comprar patatas Ese tipo de actitud, en épocas oscuras, atrae la curiosidad. Más de una vez alguien subió para obtener pruebas de que eran brujos, pero la gente regresaba sin recuerdos claros de lo ocurrido. Luego llegaron los buenos tiempos, sí, esta ciudad fue próspera en la época de la hulla, y muchas familias se enriquecieron, mandaron a sus hijos a Londres a estudiar, incluso uno de los nuestros llegó a caballero del reino, pero McNair Manor permaneció rehusando invitaciones o visitas. En pleno 1892, la gente seguía temiendo a la colina, al punto de que si una vaca entraba bajo su sombra, ya no la tocaban.
-¿Por qué me cuenta todo esto? -interrumpió el otro.
-Para que entienda mis razones. La casa no se quemó porque no hubiera bomberos señor Potter, sino porque nadie tenía el valor para subir. Tal vez sean cuentos de viejas, yo los creo en parte: había algo raro en los McNair, y en su casa. Oculto entre esos muros puede haber algo aún, yo pienso en mis fieles, gente “común”, curiosa. Usted es la primera persona en quinientos años que sube a esa colina maldita, y yo, pobre viejo temeroso de Dios, deseo preguntarle. ¿Ha visto algo?
Potter se volvió entonces hacia el hombre y sonrió con toda la inocencia de un niño, sus ojos brillaban bajo la leve luz de la salita del Luther’s Hotel.
-Es una vieja mansión quemada como he visto muchas a lo largo de Inglaterra, padre Laurel. No hay nada allí que pueda dañar a sus fieles, si es que son gente “común”.
El anciano entonces estrechó los ojos y sonrió con picardía.
-¿Y qué si no son todos gente “común”, querido Harry?
El tono en que había dicho su nombre era de todo, menos amistoso. Harry sintió erizarse los pelos de su nuca, señal inequívoca de peligro, pero mantuvo su voz contenida y desvió la respuesta.
-Bueno, creo que los valientes pueden tener problemas allá arriba, hay un par de gargantas profundas ¿sabe?
El reverendo le miró con intensidad, como si temiera mostrar sus cartas en una dura apuesta.
-¿Qué si son como la gente de la casa que se quemó en Ottery Saint Catchpole, la casa de la familia Weasley? ¿O como los Nott, de Escocia, y los Finnigan, de Irlanda? ¿Les pasará algo si son como ellos?
Pero Potter optó por seguir su juego de inocencia
-Me temo que sigo sin entenderle, reverendo. No conozco a esas familias, ni esos incendios. Pero ya que cree saber tanto, vaya a Londres, y pregunte en mi oficina, tal vez planean restaurarlas.
-¡Ni en sueños! ¿Y si vuelvo sin recordar a qué fui, como le pasaba a los pobres diablos que escalaban la colina?
El rostro del arquitecto se endureció entonces, su voz era definitivamente amenazadora.
-Entonces no pregunte tanto, señor Laurel. Ocúpese de sus fieles, yo me ocuparé de que nada malo quede en McNair Hill.
Y sin otra palabra se levantó de la barra y subió las escaleras. Nadie lo vio partir al día siguiente, solo sintieron el motor de su auto deportivo en mitad de la madrugada.

Potter regreso el lunes, y se dedicó a los archivos. Con la misma paciencia que fotografiaba los muros agrietados de la casona, viraba al revés los asientos y desgloses de la región, en el sótano del Ayuntamiento. A medio día, el Alcalde ordenó a su secretaria que le llevara bocadillos y café al invitado, para su sorpresa, la chica fue sin rechistar, y hasta sonreía con el encargo.
Se encontró al apuesto Potter en camiseta y pantalones, con un ligero polvillo opacando su pelo y trepado sobre uno de los estantes.

-Disculpe, señor Potter.
El hombre no se volvió a mirarla.
-Un momento, casi lo alcanzo... -tensó su cuerpo hacia la pared, y todo el brazo se hundió detrás del archivo, luego se relajó y levantó la mano con un viejo pergamino en ella- Acá está.
Descendió despacio y miró victorioso a la chica.
-Esta es la última página de un legajo, estaba atorada allá atrás. -explicó con una sonrisa que la derritió- ¿Qué querías?
Ella mostró entonces su bandeja.
-Soy Stephany Murray, la secretaria del Alcalde. El señor Beckan le manda el almuerzo.
-Muy amable de su parte -observó la bandeja sonriente-, pero ahí hay dos.
-Es que... es mi hora libre y pensé...
-¿En almorzar conmigo? -bajó un poco los párpados- ¿No te han dicho que soy un gruñón irrespetuoso?
-¿Por despedir con viento fresco al padre Laurel? Ya quisieran muchos tener su valor.
-Vaya, una joven rebelde. -dio otro vistazo a los papeles que esperaban sobre el buró- Bueno, supongo que no es sano estar demasiado tiempo dentro de este polvero. ¿Vamos al patio?
Ella asintió, feliz, y echaron a andar escaleras arriba, pero a mitad de corredor la secretaria propuso un jardín a la derecha, separado de patio por un muro y visible solo desde el despacho del Alcalde.

Los almuerzos en el jardín se repitió el martes y el miércoles Potter la esperó a ella en la entrada del sótano. Hablaron de muchas cosas. El jueves Stephany se atrevió a preguntar un par de detalles personales.
-¿Harry, irás a Londres este fin de semana?
El jugaba con unas migajas de pan, extendiéndolas sobre el mantelito en extrañas líneas, dejó caer las migas que apretaba en el puño y levantó la vista.
-Si.
-¿Vas a ver a tu familia? -él solo asintió- Debe ser lindo tener familia. Ella tiene mucha suerte. -el tono de la chica tenía una vaga melancolía que él supo reconocer.
Harry fijó sus ojos en un arbusto de lilas unos metros más allá y hablo con tono impersonal.
-Soy huérfano ¿sabes? Mis padres murieron cuando tenía un año y... en general, mi infancia no fue feliz. Pero luego fui a un internado y me divertí mucho. Allí conocí a mi pareja.
-¿Fue amor a primera vista?
-¡Para nada! Nos odiamos a muerte por cinco años, en sexto nos hicimos buenos amigos y al final... Al final llegamos a entendernos muuuuy bien.
-Supongo... -ella intentó reír, pero era una risa triste- Sin embargo, nunca hablas de ella.
-Tal vez porque no había nadie a quien hablarle. Si hubieras subido a McNair Hill para un almuerzo... -y soltó una risa pícara.
-¡Ni loca subo yo a esa colina! - Stephany lo golpeó en broma, pero Potter se dejó caer, como si el puño de la chica llevara verdadera fuerza- Dicen que está embrujada.
El se quedó tendido en la hierba y cruzó los brazos bajo su cabeza
-Vamos Steph, ¿crees esos cuentos de viejas?
-No lo se. -ella también se dejó caer y volteó, siguió hablando apoyada sobre su costado, mirando a Potter intensamente -En todo caso es mejor esperar a que el galán llegue a terreno conocido.
-De repente me siento una pieza de caza. ¿Y si me disparan durante la noche?
-No temas. En el campo somos muy leales, solo disparamos a cara descubierta. Pero si yo fuera la señora Potter, no dejaría a mi hombre solo por cinco días.
-Tiene mucho que hacer, entre los gemelos y su trabajo...
-¿Trabaja?
-Y muy duro, a menudo me pregunto cómo resiste el ritmo.
-Se lo pregunta, pero no intenta igualarle, Potter. -dijo una voz desde la entrada del jardín. Los jóvenes voltearon con premura: un hombre alto, de pelo muy negro hasta los hombros y nariz ganchuda les observaba sin pizca de simpatía.
El arquitecto se levantó de un salto y corrió hacia él, completamente olvidado de Stephany.
-¡Sev! ¡Qué sorpresa tenerte por aquí!
-Es evidente que no me esperabas. -dirigió una mirada despectiva a la chica abandonada en el césped y luchando con su estrecha falda.
-No es lo que crees... -empezó el joven. El hombre alzó una ceja incrédulo.
-Nunca supiste leer mentes, así que no presumas de saber lo que me cruza ahora por dentro, creo que el adjetivo “imperdonable” le cuadra. -la chica ya llegaba a su lado- ¿Nos vas a presentar?
-Ella es EStephany Murray, secretaria del Alcalde. Señorita Murray, este es mi suegro, Lord Severus Snape.
La chica hizo una leve inclinación de cabeza ante Snape, una sola mirada del hombre y empezó a balbucear.
-Mucho gusto mi Lord... Por acá apreciamos mucho a su yerno, este... bueno, mi horario de almuerzo terminó... Nos vemos señor Potter.
Y se marchó sin siquiera recoger sus cubiertos. Snape la siguió con una expresión de manifiesto desprecio.
-¡Muggles! -fue su único comentario antes de girar de nuevo hacia el joven- La vida campestre no te sienta Harry, debo admitir que tus reflejos eran más rápidos hace dos semanas.
-¿Reflejos? -el chico estaba recogiendo los restos del almuerzo en una bolsa- ¿Acaso te crees Ojo Loco? No estoy en guardia porque no hay nadie de quien defenderse, Severus. -se plantó frente a él- De hecho, no hay nadie en cincuenta kilómetros a la redonda.
-Me gustaría saber si Draco llamaría nadie a la Murray.
Pero el joven suspiró y le hizo un gesto invitándole a caminar hacia la salida del edificio.
-Y a mi me gustaría saber qué te obligó a manejar cinco horas.
-Tengo noticias de las que no salen en El Profeta. Resulta que hubo una gran emergencia en Bulgaria. Los agentes de tu amigo el Conde -a Harry se le erizó la piel solo de recordar al siniestro personaje- localizaron a un grupo de mortifagos de varias nacionalidades. Así que los búlgaros no pidieron solo aurores, sino a los de Cooperación Mágica Internacional.
La caminata los había llevado hasta el hotel, pero Harry no confiaba en las miradas curiosas de los paisanos. Subió sin detenerse a su habitación y echó un fuerte hechizo de privacidad.
-¿Dices que Draco fue a Bulgaria? ¿En su estado?
-Va en el grupo de retaguardia, por avión, y solo para el papeleo. Sabes que disfruta mucho verles las caras.
-Si -gruñó el pelinegro- Algo muy Malfoy. Entonces ¿vas a cuidar tú a los niños?
-Quisiera, pero mañana será luna llena.
-Entiendo -le cortó Harry y empezó a contar con los dedos- Veamos ¿Quién nos queda? Bill aún está en Francia; Fleur y Ron para Bulgaria, con Draco; Fred, George, Ginny y Seamus están descartados, no dejaré a mis hijos en un almacén de objetos mágicos de broma; Deacon y Charlie preparando exámenes en Hogwarts; Hermione y Millicent estarían dispuestas, pero tienen sus propios bebés. -se cubrió el rostro con las manos- ¡Merlín! Esto es un castigo. ¿Krum no pudo esperar hasta el fin de semana para atraparlos?
-Eres tú el que no quiere que los cuiden los elfos. -apuntó Snape, con algo parecido a una sonrisa en sus labios.
-Si, soy yo. -Harry sonaba casi arrepentido de esa decisión- De acuerdo, supongo que el aire del campo es bueno. ¿Los trajiste?
-Duermen en el asiento trasero de ese trasto muggle que llamas “camioneta familiar”.
-Entonces llévate tú el deportivo.
-Perfecto. -Snape se levantó, y empezó a ponerse los guantes- Espero no te ofenda la premura, pero este lugar me da alergia y el camino hasta la casa es largo.
-Por supuesto. -bajaron las escaleras de prisa.
Al llegar ante el ferrari, Potter le tendió las llaves, pero el hombre no dejó de mirarle. Snape parecía deseoso de ponerse en marcha, pero inquieto por el fin de semana que se avecinaba.
-Hay leche y ropas en el maletero, metí sus muñecos, lápices de colores, pergaminos y libros de cuentos. Draco se despidió de ellos en la mañana, saben que va a tardar en volver. -dudó aún- ¿Estás seguro?

Harry lo miró despacio, no tenía muchas oportunidades de estar a solas con su antiguo maestro, generalmente Lupin y Draco mediaban entre ellos.
Recordó las interminables discusiones alrededor de la crianza de los gemelos, su negativa en usar elfos domésticos, la negativa de Draco a usar niñeras humanas, por la falla de seguridad que implicaba. El tácito acuerdo final de la familia en turnarse el cuidado de los niños, ya que todos estaban amenazados de un modo u otro, aunque solo las cabezas del matrimonio Potter-Malfoy seguían a la venta en el mercado negro. Pero había que seguir con la vida, amarse, tener hijos -los Weasley hacían una buena labor al respecto-, trabajar -en el Banco Gringotts o en la limpieza de antiguas zonas de magia tenebrosa, como McNair Hill-, porque de otra manera la vida perdía sentido.
Entendía muy bien las dudas Severus: Harry nunca se había quedado solo con sus hijos, y ahora estaría literalmente solo, sin un mago -amigo o enemigo- en cincuenta kilómetros a la redonda. Sin embargo, gozaba de la protección del anonimato y los amplios espacios rurales para moverse. Se esforzó en sonreír.

-Pasearemos mucho, y el domingo por la tarde podrás abrazarlos. ¿Qué puede pasar?
-¿Qué hay del párroco? ¿El tal Laurel? Dices que sabe algo de los Weasley y los Finnigan.
-Ve demasiadas noticias y piensa, eso es todo. Puedo controlarlo. Ahora vete, son casi las tres de la tarde. -el hombre mayor asintió y se sentó ante el timón del ferrari, puso la llave en el tablero, susurró unas palabras y el motor se encendió.
-Severus... -en la voz del joven había un leve tono de reconvención, pero una mirada divertida del suegro le hizo callar: era tan extraño ver reír al ex-mortifago.
El auto dio vuelta a la plaza a exceso de velocidad y se perdió de vista en una polvareda.

Los siguientes tres días Harry los pasó huyendo de los curiosos habitantes de Luther Hill. Previendo alguna indiscreción de los gemelos, capaces de responder preguntas simples sobre sí mismos, pero no de mentir sistemáticamente, ya que Harry no deseaba soltarle un obliviate a nadie. Fiel al plan que comentara a Severus, llevó a los niños por los campos sembrados, las escarpadas colinas, y las diversas ruinas romanas o celtas que salpicaban el área. Era agotador, pero satisfactorio, ver las mejillas de sus rubios colorearse con el sol de junio y aquellas manitas delicadas jugar con la tierra. Al final de la jornada estaban tan cansados, que se dormían en la camioneta y él los subía hasta la habitación con la ayuda de alguna camarera, y tomaba la cena allí.
Fue en el regreso del paseo del sábado que Harry se distrajo y dobló a la izquierda en un camino vecinal. Pronto descubrió su extravío, pero empezó a llover muy fuerte, de modo que aminoró la velocidad para mantener la visibilidad y darse la oportunidad de pensar. En la parte trasera, James y Joshua peleaban por una barra de color azul y desconocidas cualidades.

-Ustedes dos, dejen de hacer ruido y hagan algo tranquilo... ¡miren la lluvia!
-No hay lluvia -respondió Joshua en tono ausente mientras tumbaba a su hermano.
-¿Con que no hay lluvia? ¿Me puedes decir qué está mojando los cristales del auto?
Su hijo le miró extrañado.
-Es el llanto del castillo -explicó en el mismo tono.
James aprovechó el momento para morder un pedazo de barra, su pelo cambió de color al instante y sacudió la cabellera azul tornasolada ante la estupefacción del padre.
-¡No puedo seguir! -exclamó Harry y pisó el freno.
Se volvió y dirigió la mano hacia James, cuyo pelo recuperó su tono platinado natural. Entonces se enfrentó al menor, y más incomprensible, de los gemelos.
-¿Qué castillo está llorando Joshua?
Pero el niño solo estiró el brazo hacia la ventanilla derecha. En efecto, bajo la luz grisácea de la tarde se adivinaba un castillo de líneas barrocas, acaso a un kilómetro. Potter suspiró y ponderó la situación.
Estaba solo, con dos magos muy poderosos de tres años de edad, en medio de una lluvia torrencial. Su hijo no fallaba en estas cosas, así que el edificio era real y mágico. Si lloraba era porque deseaba atraer la atención: ¿estaba vacío?, ¿una desgracia se cernía sobre sus habitantes?
¿Entrar? La zona estaba limpia de magos, pero no de trampas, la prueba había sido McNair Hill. Aunque él no sitiera la magia oscura, podía haber peligro y estaban los niños. Entonces reparó en el hecho de que no era su primera vez en aquella carretera. ¿Por qué no lo había visto antes? Volteo hacia el pequeño.
-¿Sabes por qué llora el castillo?
El niño pegó la nariz al cristal y escrutó las gotas por unos minutos.
-Espera hace mucho, los amos se fueron, prometieron regresar.
Ahora James parecía interesado en algo frente al auto, así que Harry miró en esa dirección y... se quedó helado. Entre las sombras de la tarde lluviosa avanzaba una mole negra de dos metros y medio, con imponentes cuernos apuntando al cielo y alas membranosas semi-plegadas. El ser estaba a unos cinco metros del auto, respiraba pesadamente y se apoyaba en un báculo tan negro como su carne.
Harry maldijo una y mil veces sus descuidos, Severus tenía razón, como siempre, en dos semanas sus defensas habían caído a un nivel vergonzoso. Ahora tenía una gárgola frente al auto y un edificio capaz de manipular el clima a sus espaldas. ¡Genial!
Contra todos sus pronósticos, el guardián de las rocas hizo una reverencia y esperó. Las palabras de Hagrid resonaron en su mente “Es orgulloso. ¿Ven? Deben ser amables.” La lección se refería a hipogrifos, pero decidió confiar en su instinto e intentar hablar. Si jugaba el juego del guardián, podría ganar tiempo e inventarse algo.
-Quiero que se queden quietos y en silencio. ¿De acuerdo? Papá va a hablar con la gárgola.
Cerró su mente a las intrusiones para enfrentar con dignidad la trampa de quién sabe qué desquiciada bruja. Descendió con deliberada lentitud, para que el que esperaba tuviera tiempo de reconocer sus intenciones pacíficas. Al cerrar la puerta susurró un hechizo de protección y huída. Si las cosas se ponían desagradables, el auto debía volar hasta Londres, sin parar mientes en las leyes de Secreto Internacional. Al fin estuvo ante el guardafangos de la camioneta y se inclinó en una envarada reverencia. Desde esa distancia era audible la pesada respiración de la gárgola, definitivamente, no estaba en condiciones de pelear.
-Saludos, honorable guardián.
-Mi nombre es Goliat. Estoy feliz de recibir a los nuevos amos de Snape Castle.
Una luz se encendió en su cerebro, pero decidió ser cauto.
-¿Snape Castle? No sabíamos de la existencia de este lugar.
-Pocos saben, pocos. Ellos se fueron hace tiempo, eran malos días, gente con fuego, gente con hachas. Prometieron volver, me dieron esta vara mágica para andar bajo el sol y poder recibirles adecuadamente a su regreso. La magia casi se agota en la espera. Otros vinieron, les echamos al lodo, o los tragamos como ratones. Pero los Snape han vuelto, puedo olerlos dentro de tu extraño artefacto, y el castillo llora de felicidad.
-¿Eres entonces una gárgola? Solo confiaría en ti, se que son ustedes honorables.
-Entiendo tu desconfianza, el bosque me habló de una guerra y de que la maldita casa McNair fue arrasada al fin. Pero nunca dañaríamos a un Snape, la sangre es la única ley sagrada.
Los temores de Harry terminaron, esa frase solo podía venir de una gárgola, de un ser pretenatural atado a las más primitivas y fieras leyes de servidumbre y espera. ¿Cuánto había esperado Goliat? Ya lo sabría luego.
-Te ruego me permitas guiar mi artefacto hasta el castillo, los niños no deben mojarse.
-De acuerdo, veo que protegerás a mis amos con tu vida. Sigue el camino -señaló a una senda que se abrió de la nada, recta y lisa-, yo te seguiré a ti.
Harry regresó al interior del vehículo y condujo por la calzada, tan mágica que desaparecía tras ellos en la medida que Goliat avanzaba. La lluvia aminoró, de modo que, cuando llegaron a la puerta del castillo, el cielo era azul de nuevo. Apenas los gemelos pusieron un pie fuera, Goliat se prosternó y negras lágrimas brotaron de sus ojos de ónice.
-Gracias por volver. -y extendió la vara mágica hacia James y Joshua, los niños miraron el objeto fascinados y el mayor extendió la mano, tentado.
-No. -intervino Harry, y la gárgola levantó la vista asombrada- No es a ellos a quienes debes entregar tu vara Goliat. Por favor, entremos y hablaremos despacio.
Una vez dentro, los elfos domésticos aparecieron por los rincones, como sus voces chillonas y sus grandes ojos brillantes. Las antorchas del recibidor se encendieron, dejando ver una alegre decoración donde predominaban los motivos de serpientes en rojo y dorado. Los niños rieron ante tal combinación, Goliat y los elfos les hicieron coro. Más allá se adivinaba una salita con un servicio de te puesto y una chimenea encendida. Una vez sentados, el joven explicó a Goliat la relación de él y sus niños con Severus Snape y se comprometió a mover todos sus recursos para que los amos volvieran al castillo antes del fin de la estación.

El lunes siguiente, Severus en persona fue a ver a Goliat y le pidió detalles de su familia y de la promesa de espera. Luego se hicieron investigaciones: Draco descubrió al propietario legal del inmueble, un muggle que estuvo más que feliz de vender el maldito edificio embrujado.
Antes de irse de Luther Hill, Harry paseó por toda la calle de las tiendas del brazo de Draco, para que las chicas y chicos tuvieran algo que confesar el domingo. Claro, el rubio llevaba una capa mágica para ocultar el embarazo, porque ya el tercer Potter-Malfoy tenía seis meses dentro de su barriga. Los dos disfrutaron mucho las caras de asombro y envidia de los pueblerinos y saludaron con besos en las dos mejillas a Estephany Murray, la única que tuvo ánimos de acercarse. Partieron luego en el ferrari azul hacia Londres, a exceso de velocidad.
Menos de un mes después, la familia Snape-Potter-Malfoy se mudaba a Snape Castle, un edificio mágico con diez kilómetros de bosque incluido, y la noticia fue portada en El Profeta, que especulaba sobre la ubicación del inmueble y la dosis de oscuridad en sus hechizos de protección.
Harry estaba feliz, tenía habitaciones de sobra, elfos deseosos de ayudar, chimenea en cada habitación, una serie de hechizos de seguridad con no menos de cinco siglos de antigüedad, y un gran parque donde Lupin podría pasar sus transformaciones sin peligro, vigilado por las gárgolas.
Su tercer hijo, Sirius, nació en octubre, dentro del castillo. Tenía el pelo negro y revuelto de los Potter y los ojos grises de los Malfoy. A menudo demostraba el carácter más Slyterin que sus padres recordaran. Su mirada, su modo de caminar y el sarcasmo con que disfrazaba sus perretas, generaban en su padre Gryffindor una dolorosa sensación de deja vú: sentía el temor de volverse y enfrentar a un diminuto Lucius Malfoy, listo para cumplir su última promesa. Pero lo amaba, como amaba todo lo que viniera de su Draco.

Todo eso recordaba el hombre mientras recorría la senda entre el auto y el alto portón, estaba feliz de la perspectiva, pues toda la famila -los Weasley y los Finnigan incluidos- se reuniría esa Navidad en su casa, para celebrar los diez años de los gemelos y cinco de paz. No había mejor lugar que ese, porque Snape Castle era una de las mejores adquisiciones de su vida, estaba seguro de ello. O eso era lo que pensaba hasta que abrió la puerta principal y saltó justo a tiempo para evitar un pesado jarrón. El recibidor era escenario de una pelea campal y nadie parecía haber notado su presencia. La familia en pleno estaba allí, defendiendo sus puntos de vista a grito pelado. Bueno, tal vez no fuera tan buena idea intentar pasar las navidades reunidos…

FIN

EL SECRETO DEL ROBLE 7 final

Voronwe

El día se le fue a Elrond en reacondicionar la habitación de Ellohir para el pequeño Estel, ordenar ropa de canastilla, despachar un contingente en busca del cuerpo de la esposa de Arathor –técnicamente Gilraen era la reina de Arnor– y enviar mensajes a Gandalf. Estaba nervioso. Trataba en medio de todas esas tareas de encontrar palabras para confrontar a Elladan, pero no podía.

A media mañana, mientras vigilaba la disposición de los nuevos muebles, echó un vistazo al menor de los gemelos, refugiado en la habitación adyacente. Este también había crecido. Trataba a Estel con cariño y seguridad, tenía un amplio repertorio de juegos y canciones de cuna, su mirada expresaba paz. Era una paz distinta a la de Galadriel y Arwen, similar a la de Celebrian cuando las acunaba a él y a su hermano, casi tres mil años atrás.

Recordó la admiración que le causaba su esposa al lidiar con Arwen y los gemelos sin perder la cabeza, satisfecha de si misma. Ella no era guerrera –como Luthien–, ni mística –como Galadriel–, era modesta y sincera. Alzaría la espada por sus hijos, pero prefería sembrar la tierra y leer poesía. Con su largo y negro cabello suelto, sus cejas pobladas, sus ojos marrón oscuro y sus anchos hombros, Ellohir era -paradójicamente- idéntico a su rubia y etérea madre.

El los había empujado a la guerra, al remolino de sangre y muerte de la Tercera Edad. Buscando su aprobación, los gemelos se habían convertido Héroes, cuando solo deseaban un espacio propio y una familia. Cuatro hijos. Eso había dicho Glorfindel en el despacho. Cuatro hijos que cimentaban su amor. ¿Cómo puede un padre ser tan ciego? Había perdido cuatro nietos de pura soberbia.

Esa noche soñó con su esposa y despertó al filo del amanecer. Recorrió su casa con una sensación de incertidumbre que le recordó la Segunda Edad y sus batallas.

En el Jardín de Celebrian estaba su hijo mayor, tal y como prometiera Glorfindel. Elladan llevaba túnica y pantalones color hueso, de rodillas en la tierra, cavaba con sus manos un hoyo en la cara oeste del viejo roble. Volteó sorprendido al escuchar los pasos de Elrond. Se contemplaron en silencio por un largo instante.

–Dijiste que nadie vendría aquí sin permiso –la voz de su hijo era una mezcla de decepción y miedo.
–No creí que la regla rigiera para Glorfindel y para mi –respondió el Medio Elfo suavemente, y era verdad–, pero si te molesto…
Hizo ademán de marcharse, la voz del hijo le detuvo.
–¡No! Está bien, puedes quedarte.

El joven volvió a su tarea y el padre se acercó despacio. Pudo reconocer, al lado de su hijo, un pequeño ataúd de mármol negro. Aquel gesto de esplendor contrastaba con la vida llena de privaciones que tuvieran en los últimos mil años.

–Ayer estuve pensando mucho en Celebrian –comenzó a decir–, creo que tendría mucho que reclamarme, justo ahora. –Elladan hizo un gesto como si no deseara oírlo, pero Elrond continuó imperturbable– ¿Alguna vez te conté que no soportaba la guerra? Algo inesperado en la hija de Galadriel, en mi opinión. Aún recuerdo su mirada orgullosa cuando ustedes dos dieron sus primeros pasos. Me sentí contento de haber ayudado a su satisfacción. Extraño ¿no crees? Supongo que así es el amor, darse, ante todo darse. Desde que partió nunca me he vuelto a sentir seguro de mis decisiones, escuchado, confiado, apreciado sin dudas… –se detiene en busca de una palabra, pero sus reflexiones son interrumpidas por la suave voz de su hijo.
–¿Completo?
Elrond se agacha para que sus ojos queden a la altura de los de Elladan.
–Si, completo. –sonríe, el gesto le relaja de un modo inesperado– De haber estado completo no habría cometido muchos errores de apreciación.

Guardó silencio por varios segundos, disfrutando el premio de mirar a los ojos de Elladan y ver algo distinto al miedo o la crueldad.

–Y tú, ¿estás completo?
El joven dio un vistazo rápido a la ventana de su habitación, asintió con fuerza. Su voz fue profunda, segura y orgullosa.
–Estoy completo.
–Ahora sé que debí preguntarte eso hace mucho, pero estaba asustado hijo mío, tan asustado por ustedes.
–¿Cómo me haz llamado?
–Hijo –repite el Señor de Imladris, sorprendido de si mismo–, hijo –repite despacio, disfrutando la dulce y suave palabra.
Elladan sonríe.
–Ada –responde a su vez– Ada, Ada, Ada –y lo repite como si no creyera que está despierto y su interlocutor no lo rechaza o sanciona.

Elrond abre sus brazos y Elladan se deja caer en ellos, esconde su rostro arrasado de lágrimas en el pecho. Las breve palabra es un susurro sin pausa, un conjuro para recuperar los años de lejanía. El padre le acaricia los largos bucles negros despacio, sus caricias se vuelven húmedas en pocos minutos.

El canto de un pájaro en la copa del roble sacó a los elfos de su éxtasis. “Necesita paz” repetía una y otra vez el ave. Ambos le contemplaron, Elladan con algo de vergüenza, Elrond con curiosidad.

–¿De quién habla?
–De Voronwe, por supuesto.
–¿Voronwe? –no deseaba delatar a su amigo.
El joven señaló el féretro con un gesto de la mano.
–Mi nieto Voronwe –dijo Elrond despacio.
¡Tantas palabras nuevas en tan pocas horas!

Elladan levantó sin dificultad la urna y la depositó en el agujero. Fue a elevar una plegaria, pero Elrond se le adelantó. Cubrió con su mano la del hijo y entonó con voz dulce.

–Descansa en paz Voronwe hijo de Elladan y Ellohir, Héroes de Fornost, nieto de Elrond el Medio Elfo y Celebrian la Bella. La tierra que alimentó a tu familia dará cobijo seguro a tu cuerpo. En las Salas de Mandos nuestros gloriosos ancestros te esperan, y tu corta vida, que alumbró la soledad de tus padres, es honra equivalente a sus hechos de armas y su sabiduría. Descansa y espera la reunión final, hermoso Voronwe. Descansa, espera y perdona.

Subió los ojos para descubrir los brillantes orbes de Elladan fijos en él. Elrond deseó con intensidad que su hijo guardara silencio. Si le hablaba, ¡él no podría contestar! Era tan relajante pedir perdón. Se sentía limpio, renovado, ¿completo?, casi.

–Eso fue hermoso –dijo un voz a sus espaldas.
Ninguno de los dos se movió, dejaron que Ellohir se sentara despacio entre ambos, que pusiera su mano sobre la de su padre, que completara el ritual.
–Almarë –susurró el gemelo menor.

Un agradable calor surgió de su palma, pasó a través de las manos de Elrond y Elladan e hizo brillar el ataúd por breves instantes. Se retiraron en silenciosa coordinación y el abuelo se apresuró a cubrir la fosa con tierra húmeda y mullida.

–Bueno Ada, ¿quieres conocer a tus otros nietos?
Las palabras de Ellohir le sorprendieron y regocijaron.
–Será un honor.
Los gemelos le instaron a levantarse y los tres se movieron hacia el lado norte del árbol.
–Esta es Löne –explicó Elladan–. Vivió cuatro semanas, nació en noviembre de 1520.
Dieron unos pasos a la izquierda, Ellohir señaló un oquedad entre la raíces en el lado este.
–Alcar nació en 1980, aún nos lamíamos las heridas por la reconquista de Fornost. Vivió cuatro meses, hasta abril.
Siguieron rodeando el tronco, el mayor tomó la palabra ante la vertiente sur.
–Laüre era rubia como Celebrian, vivió ocho meses, hasta agosto del 2503.

Mucho del asombro de Elrond se debe a que no descubre dolor en las palabras de sus hijos, solo resignación. Les abraza conmovido.

–Mis niños. ¿Cómo pude…?
Llora, no hay palabras para todo lo que su pecho siente de nuevo. Ahora es el turno de Ellohir para ser razonable.
–Está bien Ada, de verdad. Glorfindel y la Abuela nos explicaron tus razones. Hace mucho que te perdonamos. Además –sonríe con esperanza renovada–, estamos seguros de que, cuando caiga la sombra de manera definitiva, podremos dedicarnos a eso con más calma.
–¿Quién sabe cuándo caerá la Sombra?
–Creemos que Estel lo logrará –afirma el gemelo menor.
El señor de Rivendel les mira incrédulo.
–No entiendo.
–Mira alrededor Ada –expuso Elladan–: los Montaraces son pocos, Gondor pierde terreno cada día, la oscuridad en Eryn Lasgalen, los elfos que se marchan. Tu nos lo enseñaste: “Nunca es tan profunda la noche como antes del amanecer”.
El padre movió la cabeza, dubitativo.
–Tal vez, tal vez. De cualquier manera, por hoy no quiero pensar en Saurón, el Nigromante o los tontos senescales de mi hermano. –se esforzó por sonreír– ¿Desayunamos?

Los hijos asintieron y dirigieron sus pasos hacia la casa. Elladan a la izquierda de su padre, Ellohir a la derecha, los tres con los brazos fuertemente entrelazados.

–¿Saben qué recuerdo ahora? –comentó el gemelo mayor cuando ascendían la escalera que comunicaba el jardín con la galería– Una vez, Haldir me dijo que mi hermano y yo nos merecíamos el uno al otro. Fue en 1550 y aún no se si era un halago.
–Es que se parece demasiado a tu abuela –rió Elrond.
–Lo cual es un suerte –dos rostros giraron hacia Ellohir, sin comprender su afirmación–. Quiero decir, podemos estar seguros de que no se casará con Arwen.

Las carcajadas acariciaron las hojas del roble e hicieron cosquillas en sus ramas.

FIN

EL SECRETO DEL ROBLE 6

Estel

(Septiembre, año 2933 de la Tercera Edad del Sol)

El sol se había puesto tras densos nubarrones de lluvia, dejando una noche sin luna. En las estribaciones de las Montañas Nubladas, el aguacero otoñal descargaba toda su furia, como si deseara arrastrar hasta el Bosque de los Trolls las piedras y el fango acumulados por siglos. En sus refugios, los habitantes de la zona se apretujaban para conservar el calor y temblaban a cada trueno. Solo dos tipos de seres eran capaces de enfrentar a la tormenta que cegaba y atería sin piedad: elfos y orcos.

El río que marcaba la frontera de Rivendel no parecía afectado por el temporal, seguía su curso en calma. Sus aguas encantadas solo se alzarían contra un enemigo. Por ambas orillas, los árboles habían sido talados en un área de 200 metros, para evitar ataques sorpresivos. La lluvia había transformado aquella franja de verde pasto en un traicionero lodazal.

Poco antes de la media noche, dos jinetes se detuvieron en el linde del Bosque y otearon el llano que los separaba del valle de los elfos. Ambos iban cubiertos con gruesas capas de negra lana, pero a la luz inconstante de los relámpagos se podía reconocer el brillo de las espadas y armaduras. Sus corceles lucían agotados, movían las cabezas de un lado a otro y resoplaban, como urgiendo a terminar el viaje.

Uno de ellos desmontó y se quitó el guante izquierdo para tocar la tierra. Levantó el rostro hacia su acompañante y señaló discretamente a la derecha. Su gesto hizo caer hacia atrás la capucha para rebelar una abundante cabellera negra, trenzada a modo de casco, un par de orejas puntiagudas y una piel blanquísima. El segundo jinete asintió y le señaló el corcel con gesto inquieto. De regreso a su cabalgadura, el elfo se inclinó sobre el cuello del palafrén y le susurró algo al oído, hizo lo mismo con el otro rocín. Los animales guardaron silencio.

Los jinetes esperaron, la atención clavada en la tranquila orilla y los sentidos alerta ante cualquier ruido del bosque. Tres minutos de calma.

El segundo se removió en su montura. Llevaba en brazos un paquete grande, cuya envoltura se estaba humedeciendo en exceso. Fue a decir algo, pero el ruido de una rama partida le hizo cambiar de idea.

Ambos corceles se lanzaron en desaforada carera hacia el río. Apenas dejaron la protección de los árboles, una banda de orcos se hizo visible a escasos metros. Estaban detrás y a su derecha, por lo que no pudieron ir recto hacia el agua, sino huir con un leve desvío a la izquierda.

Los orcos dispararon, pero la velocidad de los blancos y la lluvia recia dificultaban la tarea. Varios corrían, profiriendo estruendosos alaridos que habrían encabritado a más de un caballo, pero no a estos. Sus flechas, negras y torcidas, golpeaban los cuartos traseros de las cabalgaduras, los bordes de las capas y las espaldas forradas con mithryl.

A unos cinco metros de la ribera, un trueno especialmente terrible cruzó el aire y el bulto le secundó con un alarido de horror.

–A ese, a ese –ordenó el jefe de los perseguidores y los arqueros se concentraron en intentar abatirle.

El primer jinete giró entonces y desenvainó su espada. Degolló a tres que se habían acercado demasiado de un tajo y cubrió el avance del que cargaba el paquete. Ante la repentina reacción violenta de dos sombras, que toda la noche habían evadido sus ataques sin presentar abierta resistencia, los seres oscuros retrocedieron un poco. Esos instantes de vacilación bastaron a los perseguidos para entrar al agua. A medida que avanzaban, una antigua tonada en élfico alcanzó los oídos de los orcos, hiriéndolos, y el nivel de la corriente subió de modo violento. Dos o tres se aventuraron hasta la orilla, y repentinos remolinos les arrastraron. Se produjo un revuelo tratando de salvarles y, para cuando el jefe pudo imponer orden con su látigo, los elfos y su misteriosa carga ya habían desaparecido en las espesuras de Rivendel.

En realidad no estaban lejos, solo unos diez o doce metros tras el linde del bosque.

Hicieron alto entre dos árboles de follaje tan tupido que el suelo a su alrededor estaba seco. El elfo de la espada ayudó al que llevaba al bebé a descender y desató el equipaje de los sudorosos flancos. El segundo se sentó y empezó a desenvolver su preciosa carga con cuidado. Libre de sus cobijas, el pequeño agitó las manitas y dejó oír su voz. Fue arrullado y balanceado con ternura.

–Ya pasó peneth, ya pasó –le consolaba.
–¿Qué le ocurre? –inquirió el otro, que se acercaba con los morrales al hombro.
–Está mojado, tiene frío, hambre y miedo. Saca una manta seca para cambiarlo, anda.

En lo que el de la espada removía el equipaje en busca de lo pedido, el segundo elfo se quitó la capa, zafó las correas de su armadura y se abrió la camisa. Acercó al bebé a uno de sus oscuros pezones y este empezó a chupar sin dilación. Una expresión relajada, casi extática, se hizo presente en el que le alimentaba. Solo salió de su abstracción al ver una gota de sangre en el rostro del pequeño. Alzó los ojos y descubrió que el rojo fluido escurría del hombro de su compañero, inclinado sobre ellos dos con ojos brillantes.

Adelantó una mano.
–Estás herido meleth.
–No es nada. Ni siquiera tiene veneno.
Se sentó a su lado y pasó un dedo por la suave piel del bebé.
–Es tan bello…
Permanecieron en silencio.

Era como si dos fantasmas idénticos esperaran la llegada de cierta señal muy juntos, protegidos bajo un viejo árbol, admirados de algo tan antiguo y sublime como un bebito que se alimenta.

Cuando su apetito estuvo saciado, el pequeño se apartó un poco y dirigió sus ojos grises hacia arriba. Sonrió tentativamente y dos pares de ojos –uno color chocolate y otro verde morrón– brillaron con regocijo.

–Hay que abrigarle.
Elladan asintió y le pasó una manta azul, seca y gruesa. En lo que Ellohir cambiaba las ropas del pequeño, le cuestionó.
–¿Seguimos montados o a pie?
–Los caballos están cansados y tú y yo estamos seguros. Déjalos ir.

El gemelo mayor asintió y habló en la lengua de los jamelgos a sus amigos. Ambos animales se internaron entre los troncos con satisfacción. Luego estudió el cielo.

–Llegaremos una hora antes del amanecer.

&&&&&&&&


Elrond se revolvía en su lecho. Algo no marchaba bien, podía sentirlo. Casi se alegró cuando percibió pasos apresurados en la galería y tres toques suaves a su puerta justificaron que saltara de la cama.

–¿Si?
Era Amras, y lucía nervioso.
–Mi Lord, los príncipes están en sus habitaciones. Ordenaron que se le comunicara inmediatamente su presencia.

Algo se encogió en el corazón de Elrond. Solo una razón llevaría a los gemelos a buscar refugio en Rivendel, ¿cierto? Alcanzó a echarse una bata sobre la túnica de dormir y caminó con el viejo soldado hacia las habitaciones de Elladan y Ellohir.

–¿Los príncipes están bien? –inquirió sobre la marcha.
–Elladan tiene la punta de una flecha orca en el hombro –comentó Amras con naturalidad–, mandó a buscar al Consejero Glorfindel…
¡Por supuesto! Glorfindel no podía faltar entre ellos.
–Ellohir –la voz del jefe de la guardia adquirió tintes reticentes ahora– trajo en sus brazos un bebé. Por su tamaño, diría que tiene un año o año y medio.

Elrond no miró a su interlocutor mientras las palabras eran dichas de prisa, casi con miedo. Su rostro permaneció impasible hasta que llegaron ante la puerta de la habitación de Elladan, despidió al servidor con un gesto y giró el picaporte con el corazón en un puño.

La estancia estaba profusamente iluminada, el Medio Elfo barrió con los ojos el sitio, inquieto. En un sofá, Elladan dejaba que Glorfindel terminase de vendarle el hombro, tenía el torso desnudo, y el rostro inexpresivo. Cruzó una mirada con el Consejero, su expresión era dura, como siempre que el tema de los gemelos aparecía entre los dos.

El príncipe se echa la camisa por sobre los hombros y avanza hacia su padre, pero Elrond no le presta demasiada atención. ¿Dónde están Ellohir y su bebé? Puede oír ruidos en el baño: alguien canta una canción de cuna en telerín. Se esfuerza porque sus encontrados sentimientos no le superen y mira a Elladan, que se encuentra ya a tres pasos de él y ahora se inclina en graciosa reverencia.

–Mi Señor.
Elrond apenas contiene el mohín de desagrado, así le llama Elladan cuando está forzado a dirigirle la palabra –Ellohir ni siquiera despega los labios ante él–, pero no acaba de adaptarse.
–¿Qué ocurre príncipe?
–En el último mensaje le hice saber que estábamos en un refugio a tres días de Fornost. Junto a varios montaraces, protegíamos a Gilrean hija de Dírhael, y su hijo, Aragorn hijo de Arathon. Los orcos dieron con nosotros hace una semana. Nos sobrepasaban en número, así que los de la guardia nos cubrieron para que pudiéramos huir y cabalgamos hacia el último lugar seguro.

El Medio Elfo gira lentamente hacia la ventana donde la lluvia golpea inmisericorde. En su corazón hay una mezcla de alivio y desagrado. Ahora que conoce la filiación del infante de la habitación vecina, puede ser un estratega. Habla sin volverse.

–¿Crees que fue casual?
–No. Los orcos nos siguieron hasta la frontera del valle, querían al pequeño.
–¿Qué propones?
–Los páramos no son seguros. Se que ha sido costumbre que los herederos del Reino Perdido vengan como visitantes, para completar su educación, pero creo que Aragorn debe permanecer en Imladris a partir de ahora. Estoy seguro de que su madre ha muerto.
Elrond asiente, continúa con los ojos fijos en el bordado de la cortina.
–Estoy de acuerdo contigo, príncipe –de repente se siente muy cansado. No está seguro de la razón, pero desea escapar de estas habitaciones con tantos recuerdos amargos en sus paredes. Voltea hacia Elladan y Glorfindel–. Adoptaré al hijo de Arathon como propio. Vuestra intervención será largamente recordada por los herederos de Isildur, príncipe.

Eso era todo, por supuesto. Ellos se irían en un par de horas y él palearía la soledad que le atenazaba el pecho con este bebé. ¿Debe agradecerles? Las miradas de padre e hijo se cruzan por un instante. En los ojos verde marrón que le enfrentan, Elrond lee algo similar a ¿inquietud?

–¿Algo más, príncipe? ¿Tal vez necesita algunos suministros?
–Me preocupa el bebé, mi señor. –admitió Elladan.
–Entiendo que esté hambriento –reconoció Elrond, y se permitió sonreír–. Haré traer una nodriza en menos de una hora.
–No hace falta ninguna nodriza, mi señor –el gemelo calló, parecía dudar–. Lo mejor será que me sigan.

Intrigado, el señor de Imladris siguió a su hijo a través del baño hasta la recámara de Ellohir. Glorfindel les acompañó, aunque el Medio Elfo estaba seguro de que ya estaba al tanto de la naturaleza del “problema”.

Aquí hay pocas luces, una penumbra acogedora rodea la figura espigada del gemelo menor. Las ropas claras de Ellohir hacen un fuerte contraste con el amplio butacón de color rojo vino donde descansa. Entre sus brazos se encuentra el bebé humano, levemente erguido, su boca pegada a uno de los pezones de su pecho inusualmente desarrollado.

Todo esto llega en un instante a Elrond, y le asusta.

Ellohir cambia su expresión relajada en cuanto los tres elfos cruzan la puerta que une el baño y la recámara. Estrecha un poco más al niño y su rostro se tensa. El Medio Elfo y su Consejero se detienen a unos pasos, Elladan llega junto a su hermano y se sitúa tras el butacón, una de sus manos descansa sobre el hombro de Ellohir ahora.

–Mi señor, Consejero Glorfindel –saluda el menor con voz neutra.
–No podemos irnos –declara Elladan con voz pausada.

Elrond no tiene fuerzas para fingirse indiferente. Lo que ve es elocuente y doloroso. Desea apartar la mirada del brazo que se curva, gentil, tras la espalda del bebé, pero sus ojos se niegan. Ellohir es todo lo que ve, todo lo que puede ver. Ellohir que sostiene al bebé que podría ser su nieto.

Con gran esfuerzo, logra levantar los ojos hacia Elladan.
–¿Cuánto tiempo hace que Gilraen dejó de alimentar al niño?
El gemelo le sostiene la mirada, en sus orbes no hay siquiera un chispazo de dolor o tristeza.
–Más de un año.
El tono lejano con que habla de la muerte de su propio hijo mueve algo inesperado en el Señor de Rivendel. Su siguiente pregunta carece de sutileza.
–¿Por qué no se me informó?
–¿Informarle de qué, mi señor?

La pregunta es dicha con entonación tan inocente, que Elrond comprende de golpe cómo ha seguido el juego del príncipe. ¿Y ahora? ¿Ser honesto y preguntar por el elfito? ¿Seguir la parodia del último milenio y preguntar por la salud de Gilraen la Bella?

Opta por cambiar de tema y trata de negociar lo inevitable.
–Se irán cuando tenga cinco años.
Elladan asiente, casi hay sumisión en su gesto, pero las palabras lo desmienten.
–Nos iremos cuando esté listo para partir.
El padre ignora el cambio de fecha y pasa al punto álgido.
–Y ambos respetarán esta casa con su comportamiento.
El gemelo mayor se da el lujo de sonreír ahora. Su cara es aún más bella con el sarcasmo en los labios.
–Soy un guerrero honorable. –su voz pasa de la displicencia a la demanda sin transiciones– Nadie entrará a estas habitaciones sin nuestro permiso, y mismo rige para el Jardín de Celebrian.

Elrond asiente. No está seguro de si esto es una victoria o una derrota, tampoco de si está feliz o asqueado ante la perspectiva de los gemelos en Imladris por quince o veinte años, de si lamenta o celebra la muerte del elfito cuyo lugar ocupa Aragorn. Su corazón es un campo de batalla y teme revelar todo en esta habitación, frente a ellos tres.

–¿Ya terminaron? –la impaciencia de Ellohir es clara– Estel necesita dormir.
–¿Estel?
Elrond dedica una mirada burlona a Glorfindel. ¡Por fin hay algo de sus hijos que el rubio ignora! La alegría le dura poco: el tono íntimo en la respuesta es algo absolutamente envidiable.
–¿Te gusta ese nombre? El es la esperanza de su pueblo y pensé… Estará más seguro si el enemigo piensa que el linaje se quebró.
–Es un nombre excelente.
El Medio elfo no podía creer que hubiese dicho tales palabras. Carraspeó, incómodo con las miradas sorprendidas de los tres elfos, y consigo mismo. Dio unos pasos hacia la puerta.
–Cuando el sol esté alto, mandaré traer muebles nuevos y alguna ropa para el bebé. –se inclinó levemente como despedida– El viaje fue largo y peligroso, la lluvia es como un arrullo para los elfos cansados del combate. Duerman, príncipes.

Glorfindel imitó a su Señor y los gemelos quedaron solos, junto al adormecido Estel.

En la galería, a unos metros de la puerta, Elrond se recuesta a la pared y respira hondo. Sus rodillas tiemblan, y no de placer. Ve como el rubio se aleja rumbo a su propia habitación, el Medio Elfo le detiene con voz pálida.

–Consejero.

Glorfindel se vuelve. Sus ojos no son amigables, pero Elrond prefiere pasarlo por alto. Necesita hablar con él ahora, antes de que el dolor y el miedo se desvanezcan en su interior, dando paso al mismo Elrond frío y objetivo de siempre.

Se aparta de la pared y comprueba que su equilibrio ha vuelto. Su voz es conciliadora.

–Deseo hablar contigo, Glorfindel. ¿Podemos ir a mi despacho?

Le parece que una chispa alegre ilumina los ojos azules del rubio, pero es muy breve. Glorfindel se limita a inclinar la cabeza en señal de aceptación y camina junto a Elrond por los pasillos en penumbras.

Aún llueve. El repiquetear del agua solapa el leve eco de sus ligeros pasos.

En el estudio, las cortinas están recogidas. A través de las persianas llega la difusa luz que anuncia al amanecer, a pesar de los nublados. Elrond renuncia a encender bujías o velas, la escasa luz de sol todavía invisible se le antoja justa para su charla.

Toman asiento uno frente al otro, tensos como arcos antes del disparo. Elrond es el primero en hablar, aunque su inicio es vacilante.

–Glorfindel, ¿tu has estado en contacto con los gemelos todo este tiempo?
Pero el rubio levanta una mano para detenerlo y sonríe a medias.
–Elrond, ¿estamos hablando como viejos amigos o como Señor y Consejero?
El de cabello negro se masajea las sienes, inseguro.
–No creo que sea posible separa al amigo del padre o a este del gobernante. Ellos tres habitan en el mismo cuerpo. Sin embargo, debo admitir que ahora mi corazón grita, y es por mis hijos. En verdad ellos… ¿Han sufrido tanto?
–Si.
La respuesta es tan breve y clara que se siente vencido sin remedio. ¿Cómo llegó a este punto?
–Y me culpan…
–Fuiste tú el que puso el abortivo en la compota de tu hijo de 1400 años.

Casi puede gemir ante la crudeza del hecho. Si, lo hizo. En ese momento creyó que era lo mejor, que el dolor los separaría, pero fue a la inversa.

–Es extraño –admite al fin–, hace casi ciento cincuenta años que no los veía, pero cada montaraz que pasa por el valle habla de ellos con admiración y cariño. Han hecho tanto en estos años… Varias veces me pregunté si esos informes, esas canciones de gesta, se referían a los mismos elfitos que jugaban en mis jardines y restauraban viejas piezas de alfarería. Elladan se ha parado ante mí con ese aplomo, con esa frialdad casi cruel hace unos minutos. Es un adulto, ambos lo son.
–Deberías estar orgulloso, son tus hijos.
Elrond niega tal afirmación con vigorosos movimientos de cabeza, su voz es amarga ahora.
–Hay demasiado entre nosotros, ya no son mis hijos.
–Aún lo son –insiste el rubio. Porque se sienten tus hijos se han empeñado en la lucha del Reino Perdido, porque se sienten tus hijos renunciaron a la venganza.

Elrond recuerda ahora a Celebrian. Le prometió cuidar de sus hijos y ¿qué le dirá al verla en Valinor? “Arwen se la pasa en el Bosque Dorado y los gemelos huyeron de casa porque se aman y yo no lo acepto. Los tres son perfectos extraños para mi”. No, no podía dejar que eso ocurriera sin intentar algo.

Decide indagar en acontecimientos más recientes.
–Ese bebé que perdieron. ¿Cómo se llamaba?
–Voronwe –Glorfindel hace una pausa, las palabras parecen dolerle entre los labios–, se llamaba Voronwe. Murió por desnutrición severa a las cuatro semanas. Por esos días también calló enferma Gilraen y luego…
Hace un gesto que puede interpretarse como “Imagina el resto”. Elrond siente que alguna fibra que creía muerta en su interior vibra de nuevo. Sus palabras son balbuceos.
–¿De hambre? ¿Dices que mi nieto murió de hambre?
Glorfindel asiente, no se le escapa el espontáneo calificativo.
–Nació en enero, el invierno había sido muy duro y se les agotaron las reservas de vegetales. Ellohir empezó a perder peso en diciembre. Intentaron de todo, hasta caldo de corteza de abedul, pero Voronwe era demasiado débil.
–Sin embargo, pudieron salvar a Estel.
–Ironías de la vida –el rubio se encogió de hombros–, la poca leche que anidaba en el pecho de Ellohir era insuficiente para su elfito, pero nutría con creces al pequeño mortal.

Elrond guarda silencio, procesa la información recibida. Sus hijos son en verdad maduros si resistieron este golpe sin decaer. De nuevo le abruma esa sensación. ¿Vejez, agotamiento, inútil soberbia? De cualquier modo, ellos lo han humillado con esa relación de casi un milenio mantenida en medio de guerras, secretos y carencias. Una idea más terrible surge lentamente.

–Glorfindel, ¿hubo otros…? –le cuesta articular las palabras– ¿Mi hijo tuvo otros embarazos?
–Otros dos –asiente el rubio–, pero no me corresponde hablarte de ello.

Dirige sus ojos a la ventana y estudia con atención el cielo del franco amanecer. Vuelve a hablar mientras se levanta.

–Creo que escampará cerca del mediodía, dormiré hasta que cese la lluvia.

Casi en la puerta se vuelve y observa de manera evaluativa a Elrond, habla de modo apresurado.

–Mañana, con los primeros rayos del sol, podrás ver a Elladan junto al viejo roble de Celebrian. No pierdas la oportunidad.

Continuará...

EL SECRETO DEL ROBLE 5

Glorfindel

(Junio, año 1580 de la Tercera Edad del Sol)

Los tres hijos de Elrond regresaron a casa una tarde de verano, para gran alegría de todos los habitantes. Arwen anunció que se quedaría por largo tiempo, los gemelos que, tras sus breves vacaciones, planeaban volver al destacamento militar de apoyo a Arnor. Elrond no discutió las intensiones de ninguno. Esa noche, en la cena, el padre habló sobre las cartas que se amontonaban en su despacho, solicitudes de matrimonio para algún vástago de sangre noldor. Elladan y Ellohir sonrieron fríamente.

Se marcharon cinco días después y fijaron su residencia en la decadente Fornost, entre humanos.

Los Príncipes de Rivendel consagraron sus esfuerzos a mantener los restos del reino de Isildur en pie. Ganaron fama de hábiles estrategas y guerreros letales, su crueldad en los combates frente a orcos devino legendaria. Su influencia en el ejército y la corte era notable, en especial porque nunca usaron ese poder para demostrar desprecio por los mortales o mantener conductas licenciosas. Para los hombres que les seguían al combate, eran enviados de los Valar y tan incuestionables como ellos.

Elladan y Ellohir nunca actuaron como mercenarios sin tierra. Cada paso que daban era puntualmente informado a Imladris, los sobrantes de sus salarios –llevaban una vida harto modesta– y sus premios en metálico, eran girados a las arcas de la Ultima Morada.

La correspondencia era abundante en esos años.

Informes del estado político, económico y militar de Arnor. El elfo rubio los leía cada mes en los Consejos, ante unos asesores encantados por la perspicacia de los elfitos y un Elrond incómodo y meditabundo. Todos los reportes comenzaban con “Mi Señor” y acababan en “sus fieles servidores Elladan y Ellohir”.

Cartas dirigidas al Primer Consejero, donde los hermanos compartían sus inquietudes y temores, preguntaban por su padre, por el Jardín de Celebrian y por la mejor manera de combinar los colores para una túnica de gala.

Cartas para Legolas y Halladad, a menudo acompañadas de juguetes, dibujos realizados por Elladan o paquetes de extrañas semillas. Esos encargos exigían especial discreción, pues no gustaban a Elrond, ni a Thranduil.

Cartas desde el Bosque Verde y el Bosque Dorado que rebosaban las bolsas de los mensajeros entre el Rivendel y Fornost. Eran confesiones de Halladad sobre la difícil relación con su padre; alegres dibujos y notas breves de Legolas, con tinta de muchos colores; largas meditaciones sobre el deber, el destino, el amor y la muerte, redactadas por Arwen.

Cartas para Elrond sobre el pospuesto matrimonio de sus hijos que Glorfindel se encargaba de clasificar en una habitación destinada al efecto. Había largos poemas cantando la mítica belleza de Arwen, tentadores contratos que enlazarían a Elladan con esta o aquella noble doncella, desesperados caballeros que deseaban entrar al servicio personal del bello Ellohir.

Cada diez o veinte años, Legolas lograba escapar de sus tutores y visitarles. Correspondía a Glorfindel enviar algún mensajero alado a Fornost. Menos de una semana después, los gemelos hacían su entrada en la mansión, tan frescos como si regresaran de un paseo por el río. En compañía de su pequeño amigo, Elldan y Ellohir actuaban como correspondía a su edad, la guerra y sus horrores no existían por unos meses.

También podía ocurrir que Arwen llegara desde el Bosque Dorado. Los tres hermanos pasaban jornadas enteras en la biblioteca o en la sala de música, recordando la gloria de los silmariles, o componían nuevas canciones de gesta en homenaje a los camaradas mortales de los gemelos.

Pocos parecieron notar que la palabra “Ada” había desaparecido del vocabulario de los gemelos y que Glorfindel mediaba en sus conversaciones. Sin embargo, como antes con Celebrian y Arwen, los asientos de Elladan y Ellohir permanecieron vacíos en la mesa del comedor, sus habitaciones se mantuvieron aireadas y las ropas listas para el uso.

Fornost calló en el verano de 1974. Junto a los hombres, había un batallón soldados elfos de Rivendel, la dirección de la batalla fue confiada a los gemelos, a despecho de su juventud y nadie pudo decir que su estrategia de resistencia y retirada no fuera analítica, valiente y responsable. Cuando se hizo evidente que los ejércitos de Angmar les sobrepasaban, ordenaron evacuar la plaza con celo infinito y mantuvieron a raya las ordas de orcos hasta el último instante.

Los refugiados alcanzaron el valle varias semanas después, sus informes eran contradictorios y Glorfindel no podía sacar nada en claro sobre el destino de los gemelos. Unos afirmaban que se quedaron a matar orcos hasta el final, otros que habían escapado a lomos de un mágico caballo blanco. Aquel les había visto caer abrazados, las túnicas rasgadas por una docena de flechas negras, pero luego una mujer juró por las cadenas de Aüle que un águila les había rescatado de las garras del Rey Brujo.

Tan contradictorios rumores eran informados a Elrond cada tarde. El Señor de Rivendel nada decía para revelar si temía por sus hijos o confiaba en su buenaventura. Igual que calló por varios siglos sobre sus hazañas, calló ahora ante su desaparición. Su rostro era una máscara perfecta, pero sus ojos azules brillaban de manera especial.

De no haber estado tan inquieto por sus amigos, Glorfindel habría reído al reconocer el silencioso calvario de Elrond. Tal vez, pensó una noche tras dos semanas sin noticias, solo tal vez, hubiera esperanzas para esos tres.

Casi un mes más tarde, llegó un mensajero medio muerto de hambre. Los príncipes estaban bien, afirmó, y marchaban a los Puertos Grises para armar un nuevo ejército y recuperar Fornost. Esa noche, Elrond hizo un brindis en honor de los hijos ausentes y sonrió por primera vez desde que supieran del sitio.

Entre diciembre de 1974 y enero de 1975, un ejército de elfos y hombres, comandado por Elladan y Ellohir, desalojó a los orcos de la antigua capital de Arnor. El botín fue magro: la ciudad estaba en ruinas y el Reino del Norte, muerto. En gesto sin precedentes, el Señor de Imladris invitó al último rey de Arnor y a los gemelos para reunirse en el valle. Ellos declinaron la invitación y dedicaron sus esfuerzos a organizar guerrillas que mantuvieran aquella basta tierra relativamente segura y pequeñas comunidades itinerantes donde se conservaban una cultura y un sueño: restaurar el trono de Isildur.

Legolas vino a visitarlos en 1990, excitadísimo porque sus amigos eran HEROES de los cuales se cantaban canciones por todo Arda. Contó que Halladad estaba de novio con una criada de extraña belleza y que él era –con 1070 años– el mejor arquero del Bosque Verde.

Arwen regreso en el 2510, su estancia sería larga. Estaba tan enigmática como su abuela. Sus ojos –azules como los de Elrond– escrutaban el mundo con una paz que pocos habitantes de Arda –mortales o inmortales– siquiera llegarían a comprender.

Rivendel se convirtió en hogar habitual de los herederos del Reino Perdido en minoría de edad, junto a otros niños elfos y humanos, para disimular. Luego la Sombra del Nigromante calló sobre Erys Lasgalen, por lo que comenzaron a llamarle Bosque Negro o Mirkwood y Thranduil prohibió a sus hijos dejar el reino. Los informes de los gemelos siguieron llegando con puntualidad, ahora sobre el estado operativo de las guerrillas. Las peticiones de mano se acumularon por varios siglos más.

Elrond estaba cansado y se alegró mucho cuando Gandalf se hizo habitual en su biblioteca, su despacho y su mesa. Oía hablar de los hobbits con curiosidad y de los senescales de Gondor con inquietud. ¿Quién restauraría el esplendor? Y, lo más importante, ¿cómo?

Continuará...