¿Palabras robadas?

¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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27 enero, 2014

EN BUSCA DE UN SUEÑO 41

Lecciones y elecciones dolorosas

 

“lo personal es político”

Carol Hanisch, 1969

 

En medio del asombro al oír su nombre en voz del heraldo invisible, Igor sintió algo de seguridad con el tacto de los dedos de G, que acariciaban la palma de su mano. “Como si fuéramos novios”, pensó. La ilusión duró un instante, apenas miró a la gente del salón recordó por qué estaba ahí: porque G quería exhibir a su más reciente conquista y humillar a su hermana.

 

Bajó los escalones con estupor.

 

Pero superó esa idea también: ¿no estaba ahí por sus propios méritos? Si, los méritos en la cama no son menos valiosos. G, el hombre más poderoso de la Tierra Media, lo había elegido a él.

 

Las invitaciones anunciaron el baile de presentación de la prometida de John Vorondion. Gracias al particular sentido del humor de G, esta noche se había transformado en la presentación de los Fedorov ante Arda. Bueno, él no haría mal papel. Si Ivana no era capaz de poner su eterna rivalidad a un lado ahora, quedaría solo un Fedorov en el juego de la política nacional.

 

Igor sabía que no la extrañaría.

 

Mientras avanzaban a través del salón, el Príncipe hizo saludos con inclinaciones leves de cabeza y moviendo su mano izquierda, mientras llevaba a Igor a su lado derecho.

 

Ya resuelto a sacar lo mejor de la noche, Igor también saludaba. Aunque nunca esperó verles aquí, tenía a sus propias amistades entre el público. Después de todo, el nivel económico del clan Fedorov había permitido que sus retoños fueran a las escuelas más exclusivas de Arda. No era un extraño, de algo tenía que servirle haber pasado los últimos diez años a caballo entre el credo ortodoxo-reaccionario del barrio ruso y la ociosa soberbia de la nueva generación del Ejército del Oeste.

 

Excepto Boris y Silvia, nadie esperaba que su llegada contara en el tablero del poder. Claro, él es la oveja negra de los Fedorov, como Boris era la oveja negra de los Vorondion. No es una pieza significativa. Podían prever que llegara separado de su familia, pero nada más.

 

Algunas de las expresiones dejan traslucir más de lo debido.

 

A Tatiana Borichina Yermilova parece que le va a dar un infarto de lo salidos que tiene los ojos. Debe estar recordando cuántas veces lo humilló, o hizo comentarios homofóbicos en su presencia.

 

Hay orgullo en Eothain y los gemelos Theoden y Theodred.

 

Los padres de Michel tienen una un brillo divertido en sus ojos. ¿Se trata de él o de G?

 

Alcar tiene su habitual expresión absorta, probablemente no se ha enterado de que el final feliz de la fiesta de su primo segundo –¿o tercero?– pende de un hilo.

 

Ya han cruzado la estancia. Se detienen ante quienes compartirán la mesa con ellos.

 

La familia Arthedain hace una profunda reverencia.

 

–Alteza –el que saluda es Belegund, pues sus cónyuges no son nobles.

-Un placer verles, en especial porque se encuentran en la dulce espera. ¿El cuarto?

-El quinto Alteza –aclaró Adanedhel con claro orgullo en la voz.

-¡Quieren tener una familia como la de Feanor! Bien por ustedes. Tendremos mucho de qué hablar esta noche.

 

G movió la cabeza acaso un milímetro a la derecha, y los Arthedain retrocedieron.

 

Igor sintió miedo, ¿a qué escuela debías ir para saber que tus minutos de atención habían terminado? No una a la que él asistiera, seguro. Entonces lo vio, la Senescal Finduilas hizo un gesto mínimo, y el trio Fedorov hizo su reverencia.

 

-Alteza –dijo Serguei Vladimirovich Fedorov.

G respondió en ruso.

–Es un gusto conocerles al fin. Estimado Serguei Vladimirovich, su esposa Olga Ivanovich es una mujer de gusto exquisito. El morado es la mejor elección para su color de cabello.

-Gracias Alteza –respondió Olga, también en ruso. –Estamos muy felices de estar en su presencia.

-Trato de ser presentado en situaciones venturosas, señora, así las personas disculpan mis excentricidades. Por ejemplo, hoy tenemos buena música, excelente selección de aperitivos y hermosos trajes de época. ¿Qué puede salir mal cuando se lleva un traje hecho para Ludmila Savelyeva en el filme más caro de la historia soviética?

-Gracias Alteza –Ivana sonrió suavemente. –Su traje también es hermoso.

-Tendremos tiempo para discutir de modas, Ivana Sergueievich, tu hermano me ha dicho que eres una gran conocedora.

Los ojos de ella van, por una fracción de segundo, hacia Igor. Luego vuelve a concentrarse en G.

-Esteré encantada de abordar cualquier tema que pueda interesar a su Alteza.

 

Los Fedorov retroceden y ¡finalmente!, G mira de frente al príncipe John Vorondion.

 

-Luces bien John –G vuelve a usar el oestron-, la vida de ciudad te sienta.

 

Igor ha detectado un –levísimo- toque de amargura en la voz de su amante. La palidez del príncipe le confirma que hay una historia previa, y poco amable, entre ambos. ¿No dice Boris a todo el que quiera oírle que John es su único primo heterosexual?

 

También es, recuerda mientras suben los escalones hacia la mesa, el único varón de Finduilas, y ella siempre ha tenido ambición por dos, ¿o tres?, personas muy ambiciosas. ¡Qué divertido! Su hermana se casa con el amante desechado por G.

 

La imagen le hace sonreír.

 

–¿Vino? –Midhiel llegó a la mesa sin ser vista, presta a servir con esa expresión vacía y atenta a la que Igor no acaba de acostumbrarse -porque le sugiere la idea incongruente, y atemorizante, de un arma bien aceitada, cargada y puesta en una esquina de la mesa de un comedor familiar.

–Prefiero jugo, gracias –sabe que la noche será larga y no puede dar un solo paso en falso.

G aspira el aroma de su tinto favorito y sonríe.

–Los jóvenes de hoy no aguantan al alcohol.

Igor le sigue el juego, esta es una provocación cotidiana en el Palacete, donde es el único que no riega las comidas con algún licor.

–Ya sabías que no me gusta intoxicarme cuando me besaste por primera vez.

-Y tus besos abstemios son muy agradables –admite G. –Pero nos haces quedar a quienes te acompañamos como menos virtuosos.

-¿En dónde radica la virtud de este reino sino en el Príncipe de Telcontar?

-En el Rey, señorita Ivana, que está enterrado en la Calle del Silencio.

-Por supuesto, estamos muy felices de vivir en una república –el Primer Ministro eleva su copa en gesto de convite y evita un bache tras el desplante dado a Ivana.

El resto de la mesa lo imita.

-Gracias por recordarme un día bello, señor Adanedhel. No tiene idea de lo feliz que me sentí la tarde del 17 de junio de 1961, cuando firmamos la abdicación de todas las monarquías.

-Es una de las mejores fechas de nuestra historia –apostilla Krasnaya. –Solo que nos deja con la pregunta que enfrenta toda nación de pasado monárquico: ¿qué objetivo tiene la nobleza en una república?

–No te oí quejarte de mi familia, ¿cierto? -Belegund da un golpecito en el hombro a su esposa. -Porque estoy embarazado y muy sensible.

G se ríe, Igor alcanza a ver un brillo de diversión en sus ojos y se alegra. No quiere que Ivana amargue la reunión tan temprano.

-Yo no busco respuesta a eso, señora Arthedain. Es una pregunta para jóvenes. Estoy trabajando por la gloria del reino y el honor de los Valar desde la toma de poder de Eldarión I, y antes era Capitán de los Espadachines del Reino. Ahora estoy desempleado, tengo una buena pensión y soy feliz. Su esposo hace un buen trabajo al frente del barco, o eso dice el electorado.

–La democracia es lo que nos reúne esta noche.

-Lady Finduilas tiene razón, por supuesto –G asiente. –Sin la constitución de 1961, esta fiesta no sería posible. Sin el boom turístico de la década del setenta, tampoco, claro –gira el cuerpo hacia el lado de la mesa donde los Fedorov han permanecido callados. –Serguei Vladimirovich, me dice Igor que abrirán el segundo hotel en Rusia este verano.

El hombre deja su copa de vino en la mesa y asiente.

–En Sochi, Alteza, una ciudad bella en todas las épocas del año. Abriremos en verano, probaremos la maquinaria. En noviembre, una vez que estemos seguros de que el personal y el inmueble están a la altura, haremos una gran inauguración. Será bello, con las primeras nevadas. ¡Ya lo verá!

-La doceava estrella de la cadena de hoteles Hada de las Nieves –agregó su esposa. –Estamos muy orgullosos. Una expansión lenta, pero sin retrocesos.

-Es, sin dudas, un logro tremendo haber hecho todo esto en dos décadas –reconoce G–, además de educar a un hijo y una hija tan bien. Debe estar muy orgullosa de su descendencia, Olga Ivanovich.

 

Es solo un parpadeo, pero Igor ve con claridad la sorpresa en los ojos de su madre.

 

¡Claro! Olga y Serguei no acostumbran a pensar en Igor como un logro, sino como un fallo personal, una vergüenza familiar y, lo más terrible, un lastre social. Todas las apuestas del Clan Fedorov están desde hace más de cinco años en Ivana, la buena, trabajadora, ambiciosa y responsable hijita que Dios les mandó para que se hicieran defensores de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres de piel blanca, fe cristiana y deseos heterosexuales –porque la igualdad no se puede llevar demasiado lejos.

 

Igor lo sabe. De eso se trata ser una oveja negra, después de todo. Solo que hay una diferencia entre saber, cuando estás lejos, y ver a tu madre extrañarse de que alguien te elogie. Duele, por los Valar que duele.

 

–Por supuesto, creo que son personas de provecho. ¿Qué más puede pedir una madre?

–¿Cree? Señora, le aseguro que Igor es un excelente muchacho, mejor compañero no quiero en lo que queda de siglo. Por cierto, me parece que los gemelos miran para acá con demasiada insistencia.

– Theodred quiere sacar a bailar a su novio –explica Midhiel.

–Ya –G deja la copa en la mesa y se limpia la boca. –Bueno, no debemos privar al heredero de Rohan del placer de lucir las habilidades de Eothain en la pista de baile.

Se levanta y tiende la mano a Igor.

–¿Un tango?

 

De nuevo las miradas. Las miradas acusadoras de sus padres. La mirada de odio y reto de Ivana. La desinteresada de John. La mirada expectante de Lady Finduilas. La mirada curiosa de la familia Arthedain.

 

A estas alturas (han pasado veinte segundos) todo el salón les observa, porque es evidente que G espera por él para abrir el baile.

 

Es ahora cuando rompe las cadenas ¿cierto? Una simple pieza de baile y no habrá vuelta atrás: será el Amante de G el resto del siglo XX. Tampoco es tan difícil, comprende que no hay dolor, no hay vacío repentino en su corazón. No hay nada para él en ese barrio definido por la sombra de la cúpula dorada de la catedral de San Metodio.

 

Toma la mano de G y se levanta.

–Un tango, por supuesto.

 

Bajan los escalones. Avanzan hasta el centro de la pista. El rasgueo de una guitarra anuncia una melodía. Igor siente cómo G toma su cadera izquierda y levanta la mano derecha. Gira un poco, y vuelve a ver los rostros pálidos de la que, hasta hoy, fue su familia.

 

Tantas veces soñó, de niño, que le confesaban que  era adoptado, que en realidad era ardense y sus padres habían regresado de Rumanía –donde Drácula les tenía prisioneros–, para reclamarlo. Igor siente lástima de sí mismo, de las mentiras que tuvo que decirse y decir a otras personas para llegar hasta donde está.

 

Las mentiras no han terminado, lo sabe –es joven, pero no tan ingenuo. Esta noche solo dejará tirada y bien rota una mentira tremenda: que es un Fedorov. A partir de mañana, el Presidente del Consejo y Accionista Principal de la cadena de hoteles Reina de las Nieves tendrá solo una heredera.

 

Todo eso piensa en lo que baja los párpados, traga, alza su mirada hacia G. Su amante le sonríe, y sabe –no por primera vez– que decirle lo que siente será redundante. En cambio, es la primera vez que esa capacidad de G para leerle la da paz.

 

–No tengas miedo, Melda. Solo déjame llevarte.

 

La melodía avanza, G les conduce por la sala con habilidad. Sus cuerpos, acostumbrados ya al contacto estrecho del sexo, se acoplan perfectamente en el tango. Igor se relaja entre esos brazos delgados, fibrosos, de endeblez aparente. La mente se le embota entre el ritornelo de la pieza y las vueltas del baile. ¿Está ebrio? No lo sabe, pero todo fuera del rostro de G está perdiendo nitidez. Apoya el mentón en el hombro de su compañero. El olor a madera del cabello de G aumenta aún más su ofuscación.

 

–No tengo miedo, para nada –susurra. –Lo único que tengo que hacer mañana es cambiarme el nombre. ¿Cuál apellido crees que me quede mejor, uno rohirrim o uno gondoriano?

 

G ríe suavecito, y su aliento hace cosquillas en la barbilla del muchacho. Es un sonido cálido, reconfortante. Igor comprende de golpe que esa risa es para él, solo para él, que  es casi como hacer el amor, como apartarlo del mundo por un instante y besarlo muy hondo.

 

-Veremos.

 

¿Veremos? Igor se separó para volver a mirarle los ojos, esos ojos oscuros que siempre lo observan con seriedad, curiosidad y un toque de espanto que no logra explicarse. El estupor provocado por la música, los giros y el olor a madera, deja paso al asombro.

 

Ya sabe que G es directo en sus negativas y sinuoso en sus anuencias. Ha dicho una locura, ha dado voz a un impulso provocado por la euforia de haber roto con su familia biológica y G dice ¿“veremos”? O sea ¿no ha dicho una estupidez total?

 

La música se detiene. Igor mira alrededor: varias parejas ya se alistan para la próxima pieza, pero nadie está a menos de tres metros.

 

-¿Siempre ha sido así? –inquirió sin poder contener su curiosidad.

-¿Así?

-Con el resto de las personas lejos.

G observó el salón con expresión neutra.

-Desde 1597, cuando Eldarion VI abdicó al fin. Me quedé en Minas Tirith para arreglar el desastre que dejó en la administración y acompañar a… -se interrumpió, Igor se dio cuenta de que había estado al borde de la indiscreción. –Es así porque se supone que ocupamos el lugar del Príncipe Heredero. Al Duque de Anfalas le divertía mucho ¿sabes?

 

Igor suspiró incómodo. Era bastante difícil seguir la lógica de G en cuanto empezaba a hablar de si mismo como si fuera Geniev el Bastardo y tuviera casi dos milenios de edad.

 

G lo miró con expresión burlona.

-Podemos hacer un baile de figuras…

La mera idea de improvisar los lanceros o una polka reconcilió a Igor con el tango y los tres metros de separación. Al menos así estará seguro de que su hermana no le ponía un traspié.

-Si al Duque le gustaba –acepta, y siguen bailando.

 

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–No permitiré que me estropees la fiesta ¿entiendes? –le dijo en tono duro Silvia. –Si tienes algo que decirle, ve allí y hazlo, actúa como un adulto ¡para variar!

 

Boris carraspeó, incómodo. No acababa de estar seguro sobre el sentimiento correcto en este caso ¿enfado?, ¿alegría?, ¿traición? Pero Silvia tenía razón en que debía arreglarlo con ella, con nadie más. Así que caminó por entre las parejas que ya disfrutaban de la segunda pieza de la noche.

 

Se acercó despacio, tampoco sabía cómo debía dirigirse a la Heredera de Harad, aunque se llamara Liv y hubiera pedaleado a su lado por tres años ida y vuelta en la ruta de su casa a la Casa del Saber. Ni siquiera estaba seguro de qué idioma y modales usar, pues ya no eran Boris y Liv, sino el Príncipe Boris Vorondion, del Clan de los Senescales de Gondor, y la Princesa Heredera Liv, del Reino Perdido de Harad.

 

–Saludos, hermano Gustav, Princesa Liv.

Pero ella lo desarmó con una sonrisa, como siempre.

–Hola Boris, creí que tendría que mandar a mi primo a buscarte.

–Silvia es intransigente con la gente gruñona, lo sabes. Me ha dicho que, si me sentía traicionado porque nunca me dijiste quién eras, debía venir y quejarme contigo. Porque ella estará muy ocupada acosando al Embajador de Cuba.

 

Lo ha dicho con una fina sonrisa en los labios, bajito, para que solo ellos tres lo escuchen, pero lo ha dicho y ¡por los Valar!, se siente muy bien. Gustav, impasible, les da la espalda y finge que mira el baile. Silvia se ha quedado pálida. Boris casi siente pena por ella, casi, porque los ojos duros que le devuelven la mirada no piden clemencia.

 

–¿Qué derecho tengo a divulgar secretos que no son solo míos?

 

El rubio recuerda entonces a la pareja Shev, viviendo al día en su tiendecita, ocultos a la vista. ¿Será posible que comprase pan y manzanas de las manos de uno de los arquitectos de la reconstrucción de Harad? Todo es irreal, y la verdad, ningún escenario más propicio que el baile de presentación de Igor e Ivana.

 

–Me hubiera gustado saberlo antes –dice al fin, en clara disculpa.

Ella le toma una mano con suavidad.

–Y a mi decírtelo, pero… -Gustav carraspea, y Liv se separa con rapidez. –Pero no estamos solos en el mundo, Boris.

 

Él sonríe, por ahora le basta saber que ella confiaba lo suficiente en su discreción. Así que decide tomar un tema seguro, dejarla tranquila.

 

–Entonces, ¿qué harás en el otoño?

–Me he inscrito en la Maestría de Proyectos de Integración.

Boris alzó las cejas. Liv tenía un desempeño académico excelente, la aceptarían, pero no se imaginaba cómo podrían los Shev, con esa tiendecita, pagarle semejante curso.

-Vas a estar pagando cuotas hasta que tengas cuarenta años.

–Tengo financiamiento.

–¿Una beca?

 

Aquello era incongruente. Liv y su familia vivían casi en la clandestinidad, y el escrutinio de una beca implicaba que media Casa del Saber explorase tus antecedentes familiares.

 

–El financiamiento no es… académico. Los requisitos son más bien sociales –la mirada interrogante de Boris la obligó a ser más explícita. –Debo asistir a este tipo de eventos, con este tipo de ropa, y fingir que no me importa que la descendencia del Ejército del Oeste se crea virtuosa solo por su sangre.

 

Lo ha dicho con suave sonrisa y los ojos fijos en la pista de baile. Su expresión es tan frívola que cualquiera creería que comenta con él algún detalle inane del salón. Pero Boris está ahí, la oye perfectamente, ve incluso los ojos húmedos, furiosos.

 

La felicidad le inunda: Sigue siendo ella, seguro, dispuesta a humillarse por lo que quiere, sin importar el fango en sus rodillas. Es ella, la Liv de la cual se enamoró.

 

Epifanía y dolor llegan casi de la mano: ¿cómo pueden unirse los destinos el Príncipe Boris Vorondion, del Clan de los Senescales de Gondor, y la Princesa Heredera Liv, del Reino Perdido de Harad? Aunque él dejara atrás a su familia, ¿tiene derecho a pedirle tal cosa a ella? Es evidente que alguien le pagará por hacer ese papel de Princesa que odia, que la quieren en el juego político de Arda. Entonces, ¿debe quedarse a su lado?

 

-Tiene usted mi espada y mi escudo, Princesa Liv –dice en antiguo oestron con una leve inclinación de cabeza, antes de que el miedo le haga retroceder.

Liv traga en seco. Gustav se vira y deja de pretender que no le importa lo que pasa.

-¿Tienes idea de lo que acabas de decir, muchacho?

-Si, hermano Gustav. No eres el único por aquí con lealtades compartidas y demasiados libros a cuestas.

La mira y repite la fórmula completa, con el exquisito acento de noble que tantas horas le llevara perfeccionar y siempre odió, hasta hoy.

–Juro, por mi honor, que la Princesa Heredera Liv, del Reino Perdido de Harad no recibirá afrenta que me deje impasible. ¿Acepta mi ofrenda, Princesa? –esa pregunta la hace con miedo, ¿qué hará si descubre que ella no lo ama?, ¿si le dice que fue un juego de niños?

–Desde la oscuridad, Príncipe Boris, sin gloria y sin sol, será su guardia –advierte ella en haradrim.

 

Boris sabe que la elección de palabras no es casual. Él habló en el idioma de sus ancestros, ella lo hace en la lengua de los suyos. Ninguno dejará de ser quien es, quiere decir. Ya no jugarán a ser otra pareja, de otro tiempo u otro sitio donde las diferencias fueran superables.

 

-Entonces llevaré una antorcha conmigo.

-Sácame a bailar, Gustav, o voy a dar un espectáculo y todo será inútil –dice ella mientras asiente.

 

Gustav, como el excelente chaperón que es, pone cara de ofendido y se la lleva a rastras a la pista. Tardan un poco en comprender que se trata de un vals, pero alcanzan el paso. Boris se sienta en el escalón y espera con calma a que Silvia llegue a su lado.

 

–Así que ahora se supone que la odias –comenta ella mientras le pasa una copa de sidra.

–Si.

 

La mujer hace una mueca. Boris, que la conoce, sabe que es su equivalente de risa, para circunstancias en las que sabe que no puede reírse –porque la risa de Silvia es alta y diáfana, absolutamente indiscreta. Se queda serio.

 

–Me encanta esta fiesta, las cosas están mejores que la mejor telenovela brasileña imaginable. Ven, sácame a bailar y vamos para allá –señala un punto a la izquierda–, creo que Ivana va a fajarse con Igor.

 

Boris obedece. Nada mejor para olvidarse de sus problemas que la vocación de Silvia por el reality show. Mientras danzan con pasos genéricos recuerda algo.

 

-Creí que no hablabas ruso.

Ella le guiña el ojo.

–Tengo una grabadora en el sostén, me traduces después, ¿verdad? Por ahora me conformo con la cara de esa rubia cuando limpiemos el piso con ella.

–¿Todavía quieres pisarle el vestido?

Ella pone carita de niña triste.

–¿Pero no son para eso las colas de los vestidos de las señoritas blancas, para pisarlas?

–Silvia, te guste o no, eres la esposa del heredero del Condado de Tarannon, no puedes comportarte como mulata liberta de la primera mitad del XIX en Cuba, aunque estés vestida como una de ellas.

Silvia bufó.

-Eres un aguafiestas. Si no le piso el vestido ¿qué gracia tendrá la foto que quiere sacarle Alcar?

–¿¡Pero Alcar también…!?

-¡Calladito! Estamos llegando y, por la cara de perro apaleado de tu primo John, esto está a punto de caramelo.

 

Continuará…